Llevo jugando a League of Legends los suficientes años como para saber que mi amor por el juego durará hasta que Riot Games decida dar por terminado nuestro idilio, poniendo fin a la vida del juego.

Nuestra relación, como toda la que se precie, ha tenido altibajos. Hemos pasado por momentos absolutamente dulces, que han coincidido siempre en ir acompañados del disfrute conjunto y en equipo de varios amigos que, ellos sí, fueron poco a poco dejando de jugar. Y hemos tenido también momentos malos, muy malos. De esos que todo jugador más o menos asiduo a este MOBA ha sufrido en sus carnes más de una, de dos y de cien veces.

Estos malos momentos nunca han venido precedidos de una derrota, por muy humillante que haya sido. El ser «aplastado» por el equipo rival forma parte de la experiencia y del aprendizaje del que un juego como League of Legends hace gala. Si no que siempre han tenido como antesala lo peor, sin ninguna duda, del título del que hablamos y del género: su comunidad.

Y es que el modelo «free to play» parece que es un reclamo lo suficientemente potente como para atraer a lo peor que se puede encontrar en el mundo competitivo de los juegos online. En esta selva podemos hallar diversos especímenes que pueden hacer que en cuestión de minutos tu amor por «La Grieta del Invocador» se transforme en una pesadilla que ni las cocinas de Alberto Chicote podrían igualar.

Jugadores que van a dirigir hacia tu familia los mejores recuerdos y deseos; que van a subir tu autoestima constantemente apoyando tus errores con el manido «noob»; que van a acudir prestos en tu ayuda cuando indiques de forma clara, reiterada y punzante, con los avisos que el juego pone a tu disposición, que te están destrozando ante su pasividad y fijación por el denominado «farmeo»; que van a ser nobles en la victoria festejándola con un precioso «easy game», y en la derrota pidiendo que reporten a todo su equipo: al tuyo, a los desarrolladores del juego y a los Pokemon por no quedarte jugando con ellos en lugar de venir a fastidiar su partida con tu presencia.

Por fortuna, es en el mismo momento en el que te paras a pensar si realmente merece la pena seguir dedicando tu ocio a algo que genera en ti una sensación de odio tan potente, cuando te das cuenta de que no hay amor sin sufrimiento. Las mejores películas de nuestras vidas nos han hecho reír pero también llorar. Los libros que tenemos marcados a fuego en el corazón, son aquellos que  han hecho que tengamos que salir a dar un paseo antes de poder proseguir con la historia debido a la forma en la que tienen de remover nuestras entrañas. Y las personas que hemos amado y que nos han amado siempre, son las que nos han hecho sentir que viajamos en una montaña rusa y no en el tren de la bruja.

Me podré marchar, pero siempre regresaré a La Grieta con mi Skarner para repartir alegrías y tristezas a todo aquel que se cruce en mi camino hacia la jungla.