Cuando The Astronauts mostraron por primera vez Witchfire en 2017, la sensación fue casi inmediata, aquel pequeño estudio polaco parecía estar preparando un heredero espiritual de Painkiller. No era una asociación gratuita. Adrian Chmielarz, Michał Kosieradzki y Andrzej Poznański, fundadores del estudio en 2012, habían sido también quienes levantaron People Can Fly una década antes. El problema es que aquel primer tráiler, tan espectacular como críptico, terminó generando una expectativa equivocada. No fue hasta 2023, con el anuncio de su lanzamiento en acceso anticipado, cuando el estudio explicó con claridad qué tipo de juego quería ser Witchfire.
Dos años después, con el título mucho más avanzado y tras varias actualizaciones de calado, Witchfire ya no es una promesa confusa ni un experimento a medio hacer. Sigue sin ser aquel Painkiller moderno que muchos imaginamos en un primer momento, pero hoy es algo mejor definido, un shooter en primera persona de fantasía oscura que mezcla un gunplay contundente, progresión tipo RPG y una estructura que bebe tanto de los soulslike como de los roguelite, pero que ha sabido encontrar su propio ritmo.
La base argumental se mantiene intacta respecto a su lanzamiento. En un mundo de fantasía oscura con ecos medievales, el Vaticano libra una guerra abierta contra las brujas. Para inclinar la balanza, la Santa Sede ha creado a los Preyers, cazadores inmortales nacidos de rituales prohibidos. Nuestro objetivo es acabar con la Bruja del Mar Negro, una amenaza demasiado poderosa incluso para la Iglesia, y recuperar una reliquia clave perdida en su archipiélago. No es una historia especialmente compleja, pero cumple bien su función, justificar el ciclo constante de muerte, resurrección y las expediciones a sus territorios.

Ese ciclo sigue articulándose desde La Ermita, una zona de nexo que actúa como refugio y centro de operaciones. Aquí gestionamos la progresión de nuestro protagonista, fabricamos consumibles, mejoramos armas y hechizos y decidimos a qué zona aventurarnos. En 2023, el acceso anticipado arrancó con tan solo dos mapas disponibles, una cantidad claramente escasa que dejaba la sensación de estar ante una demo más que otra cosa. Hoy, el juego ofrece cinco regiones diferenciadas -más una zona de tutorial y La Ermita-, cada una con su identidad visual, enemigos propios y desafíos específicos, lo que ya da la sensación de un juego casi completo.
La estructura de expediciones es el eje de la jugabilidad de Witchfire. Al atravesar el portal hacia una zona concreta nos encontramos con mapas de tamaño medio, diseñados para fomentar la exploración, el estudio del terreno y la planificación de cada enfrentamiento. Witchfire sigue dejando claro desde el primer momento que no es un FPS de avance rápido. El movimiento es ágil, con doble salto y dash, pero está gobernado por una barra de resistencia que castiga cualquier exceso. Quedarnos sin ella supone quedar vendidos ante enemigos que no perdonan errores.
Esa tensión entre movilidad y prudencia uno de los grandes aciertos del juego pues tendremos que hacer frente a grupos de enemigos de diferente tipo de dificultad -su ubicación se resetea en cada expedición-. Avanzar sin medir distancias, coberturas y rutas de escape suele acabar en una muerte rápida. Aquí no basta con apuntar bien; hay que consultar el mapa, decidir cuándo atacar y cuándo retroceder, y aceptar que a veces lo más sensato es no entrar en un combate que no podemos ganar.

La actualización Awakening ha reforzado esta idea al introducir por fin un combate cuerpo a cuerpo con peso real dentro del sistema de juego. Lo que antes era poco más que un recurso anecdótico para situaciones desesperadas, se ha transformado en armas melee específicas, con utilidad real y sinergias claras con el gunplay y la magia. No cambia la naturaleza de Witchfire como shooter, pero sí amplía de forma notable las opciones en combate cercano y la manera de afrontar cada enfrentamiento.
Witchfire combina su dificultad elevada con la reubicación aleatoria de enemigos en cada expedición, haciendo que ninguna incursión sea idéntica a la anterior. Los grupos enemigos no solo varían en posición, sino también en composición y peligrosidad, obligándonos a adaptarnos constantemente. Los jefes de cada zona son accesibles desde el principio, pero el juego deja claro que intentar derrotarlos sin una preparación adecuada es, en la mayoría de los casos, una estupidez y una muerte segura.
La progresión del Preyer continúa girando en torno al fuego brujo, la moneda principal que obtenemos al derrotar enemigos, recogerlo de vetas en los escenarios y abrir algunos cofres. Morir implica perderlo todo, con la ya popular posibilidad de recuperarlo si regresamos al punto donde caímos en la siguiente expedición. Esta mecánica, heredera directa de los soulslike, sigue funcionando como motor de tensión, cada expedición nos obliga a decidir si seguimos arriesgando para avanzar o si regresamos a la Ermita para asegurar lo conseguido.

Uno de los elementos más distintivos de Witchfire ya en su lanzamiento eran las maldiciones o calamidades. Al principio, las expediciones pueden parecer relativamente controladas, el mapa nos muestra dónde están los enemigos y qué nivel de amenaza representan. Pero a medida que progresamos, la Bruja empieza a intervenir de forma directa. Oleadas inesperadas, portales que exigen resistir bajo presión, efectos que distorsionan nuestros sentidos o la temida Calamidad, que nos da apenas un minuto para escapar o afrontar consecuencias casi siempre letales.
El apartado audiovisual destaca de forma casi insultante para un estudio tan pequeño, manteniéndose a un nivel altísimo, con escenarios cargados de detalles, una atmósfera insuperable, un diseño artístico muy reconocible y un sonido que refuerza cada disparo y cada hechizo.
Witchfire sigue en desarrollo, pero ya no esta tan lejos de llegar a su meta -mediados de 2026 según los desarrolladores-. Los cimientos que en su lanzamiento en 2023 parecían sólidos ahora sostienen un conjunto mucho más ambicioso y coherente. No es el Painkiller moderno que algunos esperaban tras aquel primer tráiler, pero tampoco lo necesita. A día de hoy, Witchfire es un shooter exigente, personal y con una identidad propia cada vez más clara. Si The Astronauts mantienen este rumbo hasta su versión final, estamos ante un título que vamos a recordar por mucho tiempo.
