Hablar de Prince of Persia es, en cierto modo, hablar también de la historia de una de las franquicias más influyentes de los videojuegos. No es exagerado decir que Prince of Persia cambió para siempre la forma de entender la animación y las plataformas cuando Jordan Mechner lanzó el clásico de 1989, una aventura que apostaba por el realismo en los movimientos -gracias a la rotoscopia- y una narrativa más cinematográfica de lo habitual en su época. Aquella base dio pie a múltiples reinterpretaciones a lo largo de los años, desde la tetralogía de Las Arenas del Tiempo -sí, son cuatro por poco que nos guste Las Arenas Olvidadas- hasta intentos más experimentales que buscaban renovar el concepto sin perder su esencia -2008 o The Lost Crown por ejemplo-. Con el paso del tiempo, la franquicia fue desapareciendo poco a poco del primer plano, quedando como un recuerdo querido para muchos jugadores que crecieron con ella, hasta que Ubisoft decidió rescatarla con varios proyectos, The Lost Crown que a pesar de su enorme calidad no alcanzó el éxito esperado, el esperado y largamente retrasado remake de Las Arenas del Tiempo que ha sido recientemente cancelado y este The Rogue Prince of Persia que nos ocupa.

En ese contexto entra en escena Evil Empire, un estudio que ha ido ganándose el respeto de la industria gracias a su trabajo con Dead Cells, uno de los roguelites más influyentes de los últimos años. Su capacidad para combinar acción dinámica, progresión inteligente y un diseño de niveles que invita a ser repetidos una y otra vez ha demostrado que entienden perfectamente cómo aplicar sus mecánicas y su diseño. No es casualidad que Ubisoft les confiara una licencia como Prince of Persia, ni que su nombre empiece a sonar con fuerza en la escena del desarrollo independiente y de mediano presupuesto. De hecho, la propia Konami les ha cedido el desarrollo de Castlevania: Belmont’s Curse, el próximo título de su legendaria franquicia. Con ese bagaje a sus espaldas, The Rogue Prince of Persia se presenta como otro experimento que ha pasado por acceso anticipado en Steam durante más de un año hasta alcanzar su versión 1.0 y recibiendo ahora un lanzamiento en físico para PlayStation 5, Nintendo Switch y Nintendo Switch 2.

La historia nos sitúa en una Persia amenazada por una invasión de los Hunos que pone en peligro la estabilidad del reino, con un príncipe que, lejos de ser el héroe de otras entregas, se muestra más impulsivo, más humano y, en cierto modo, más cercano al fracaso. El uso de un artefacto que le permite volver a la vida tras cada derrota encaja de manera natural con la estructura roguelite, integrando la narrativa dentro de la propia jugabilidad sin necesidad de grandes giros argumentales. No estamos ante una historia compleja ni especialmente profunda, pero sí cumple su función de dar contexto a las acciones del protagonista y aportar pequeñas pinceladas de lore y personajes a medida que avanzamos. Es un enfoque sencillo, directo, que apuesta por la coherencia y funciona muy bien como ya pudimos ver en títulos como Hades, donde la narrativa se fusiona a la perfección con las mecánicas roguelite que la justifican.

Donde el juego realmente brilla es en su jugabilidad, que combina plataformas, combate y exploración con una fluidez que se siente natural desde los primeros instantes. El movimiento del príncipe es ágil, preciso y tremendamente satisfactorio, con un sistema de parkour que permite encadenar saltos, deslizamientos, escalada por las paredes y ataques sin apenas interrupciones. Esa sensación de dinamismo es clave para entender la propuesta, porque cada partida se convierte en una especie de danza constante entre esquivar enemigos, aprovechar el entorno y encontrar el mejor camino posible a través de los intrincados escenarios. La estructura roguelite se basa en runs que cambian ligeramente en cada intento, con rutas alternativas, mejoras temporales y decisiones que influyen en el desarrollo de la partida, lo que mantiene el interés incluso después de varias horas de juego.

El combate, por su parte, apuesta por la rapidez y la claridad. No busca ser excesivamente complejo, pero sí ofrece suficientes opciones como para que cada enfrentamiento resulte gratificante. Podemos utilizar diferentes armas, habilidades y mejoras que modifican nuestro estilo de juego, adaptándonos a las circunstancias de cada run. La clave está en la movilidad, en saber cuándo atacar y cuándo retirarse, en aprovechar las plataformas para ganar ventaja y en entender que la supervivencia depende tanto de nuestra habilidad como de nuestra capacidad para improvisar. En ese sentido, el juego consigue transmitir una sensación de control muy agradable, donde cada error se percibe como algo que podemos corregir en el siguiente intento y que en cuanto dominemos al príncipe nos veremos cruzando el escenario a toda velocidad sin apenas tocar el suelo.

La progresión está bien planteada, con un sistema de mejoras permanentes que se van desbloqueando poco a poco y que nos permiten avanzar de forma constante incluso cuando fallamos. Esa sensación de progreso continuo es fundamental en un roguelite, y aquí se maneja con bastante acierto, evitando que la repetición se vuelva frustrante. Siempre hay algo nuevo que descubrir, una habilidad que desbloquear o una ruta diferente que explorar, lo que mantiene el interés durante muchas horas. Además, la variedad de biomas, enemigos y jefes contribuye a que la experiencia no se sienta monótona, ofreciendo suficientes cambios como para que cada partida tenga su propia personalidad, como es habitual en el género, la repetición puede hacerse notar y ciertos tramos pueden resultar algo exigentes, pero en general el equilibrio entre desafío y accesibilidad está bien conseguido a pesar de no ser del todo perfecto.

El apartado técnico y audiovisual es otro de los grandes aciertos del juego. El estilo artístico apuesta por colores muy vivos, animaciones fluidas y un diseño que se aleja del realismo para centrarse en la expresividad. Puede resultar chocante al principio para quienes esperaban una estética más cercana a las entregas modernas, pero lo cierto es que termina funcionando muy bien dentro del tono general del juego. Los escenarios están bien diseñados, con un equilibrio entre detalle y claridad visual que facilita la lectura de la acción, algo esencial en un título que depende tanto del movimiento, la precisión y la claridad de los fondos -pues son parte jugable-. Las animaciones del príncipe son especialmente destacables, transmitiendo una sensación de agilidad que refuerza la jugabilidad.

El rendimiento es sólido en todas las plataformas, con tiempos de carga rápidos, controles precisos y una estabilidad que demuestra el trabajo realizado durante el acceso anticipado. Se nota que el juego ha pasado por un proceso de pulido importante, con ajustes en la dificultad, mejoras en la interfaz y una optimización que permite disfrutar de la experiencia sin problemas técnicos destacables. La banda sonora acompaña bien la acción, con temas que encajan con la ambientación sin resultar invasivos, mientras que los efectos de sonido refuerzan cada salto, cada golpe y cada movimiento, contribuyendo a crear una experiencia coherente.

Al final, The Rogue Prince of Persia se siente como una reinterpretación valiente y moderna -los roguelite están de moda- de una saga clásica, una apuesta por llevar el espíritu del príncipe a un terreno nuevo sin perder su esencia. No intenta competir con los grandes referentes del género en términos de escala o complejidad, sino que se centra en ofrecer una experiencia sólida, divertida y bien diseñada, donde el movimiento y la acción son los verdaderos protagonistas. Esa honestidad en su propuesta es, probablemente, una de sus mayores virtudes si bien no acaba de sorprender pues su propuesta ya la hemos visto recientemente en otros títulos con un acabado más ambicioso.

Nos queda la sensación de haber jugado a un título que entiende perfectamente lo que quiere ser, que no se pierde en ambiciones y que apuesta por la jugabilidad por encima de todo. Puede que no revolucione el género respecto a otros pesos pesados actuales -Hades, Absolum, etc- ni redefina la saga del príncipe, pero sí demuestra que Prince of Persia sigue siendo una licencia con mucho potencial cuando cae en manos de un equipo que sabe cómo tratarla. Evil Empire ha conseguido construir una experiencia dinámica, accesible y muy entretenida, que respeta el legado del príncipe mientras lo adapta a géneros actuales. Nos gustaría que el príncipe volviera a lo grande, algo harto difícil viendo el panorama actual, pero si puede seguir vivo con proyectos de este calado, que así sea.