Hablar de Crisol: Theater of Idols es hablar de «el BioShock español», que es como muchos usuarios en nuestro país lo lleva definiendo desde el preciso instante en el que fue anunciado. El día que lo vimos por primera vez lo tuvimos claro: su ambientación es una maravilla. No nos equivocábamos, ya que la isla de Tormentosa, especialmente la ciudad en la que tiene lugar la historia del juego, es sobrecogedora. El folclore español se respira por los cuatro costados -semana santa, toros, gastronomía española…- y aunque la imagen que transmite es algo más superficial que lo visto en el fantástico Blasphemous, resulta innegable que estamos ante uno de los títulos con mejor ambientación que veremos en 2026. No queremos desvelaros demasiados detalles, pero debéis saber que nosotros encarnamos a Gabriel Escudero, un enviado de Hispania que solo quería captar fieles para su causa, aunque pronto se ve envuelto en una auténtica pesadilla en la que ni siquiera tiene claro si es humano o ha trascendido a… otra cosa.

Durante los últimos meses se ha comparado mucho con BioShock, pero lo cierto es que nos ha recordado mucho más a las entregas más recientes de Resident Evil, ya que lo que tenemos no es otra cosa sino una aventura de acción en primera persona con elementos propios del survival horror. El diseño de niveles, teniendo en cuenta que se trata de un proyecto de carácter modesto, no está nada mal. Sí, es un tanto lineal durante buena parte del desarrollo y no es que tenga unos escenarios demasiado profundos, pero hay backtracking, varias zonas interconectadas y algún que otro acertijo que no está nada mal, de esos que nos obligan a encontrar objetos o documentos de texto para hallar la solución.

También tenemos un pequeño hub o mundo central en el que no faltan ni los NPC ni las actividades secundarias. Es una feria abandonada, en la que hay algunas máquinas de juego que nos otorgan ciertas recompensas, cofres ocultos y varios personajes con los que hablar y comerciar. El más importante de todos es una enigmática bruja que nos permite guardar partida usando su bola de cristal, así como acceder a la armería y al menú de habilidades. Esta zona cuenta con salidas a diversas localizaciones de Tormentosa, y conforme progresamos en la historia vamos descubriendo atajos e interconexiones entre las mismas.

Uno de los elementos más característicos y originales del título es la gestión de munición. Aquí no tenemos la necesidad de buscar balas y cartuchos en cajones, ya que la munición no es otra sino nuestra propia sangre. Tal como suena: cuando gastamos el cargador somos libres de rellenarlo, pero debemos asumir que eso reducirá notoriamente nuestra salud. Vamos, que podemos ver las jeringuillas de curación como si fuese una caja de balas, ya que cuando recargamos el arma equipada nos volvemos más frágiles y nos entran las prisas por encontrar una jeringa para rellenar la barra de vida. Por cierto, también podemos recuperar sangre absorbiendo cadáveres de personas y animales. ¡Hay un trofeo que consiste en devorar 30 pollos!

Aunque cuesta un poco asimilar el concepto, lo cierto es que todo está muy bien medido, ya que la pistola inicial puede disparar una decena de balas sin mermar demasiado nuestra salud, pero sus impactos no son demasiado potentes y hasta el más básico de los enemigos es capaz de aguantar casi media docena de ellos. Sin embargo, cuando conseguimos armas más poderosas, como por ejemplo la escopeta de dos cañones, la cosa cambia drásticamente; podemos matar de un solo disparo, pero la recarga completa reducirá muchísimo nuestro medidor de salud. Esto hace que sea indispensable acertar al decidir qué tipo de arma nos conviene usar contra cada rival. En otras palabras, la gestión de recursos está presente en todo momento, pero funciona de una manera distinta a la vista en otros muchos juegos de carácter similar.

Hablando de armas, también tenemos un cuchillo que puede sacarnos de un apuro en alguna que otra ocasión, ya que nos permite realizar un parry que, eso sí, tenemos que decir que no nos convence demasiado, ya que no es especialmente preciso y no hemos terminado de sentirnos cómodos con su ejecución. Por lo demás, las armas pueden mejorarse, y lo cierto es que cada nivel que aumentamos en aspectos como la capacidad del cargador, la cadencia de disparo o la potencia se nota muchísimo, por lo que es conveniente no dejar ningún enemigo con vida para no desperdiciar la divisa que nos otorga, ya que es la que necesitamos para mejorar cada arma.

En lo que a la acción respecta, tenemos luces y sombras. Por un lado, los combates funcionan bien, los enemigos plantean un reto debido a la manera en la que se comportan y nos ha gustado mucho que tengamos la posibilidad de apuntar a sus extremidades para mermar sus aptitudes -cuando hay varios oponentes es muy útil cernear las piernas de algunos para impedir que puedan seguirnos con rapidez-. Por otro, los impactos se sienten un tanto vacíos y la sensación que transmite es de falta de contundencia. Hay que decir que el bestiario no es muy generoso, pues hay pocos tipos de enemigos, pero están muy bien diseñados y el contexto del la historia justifica que no sean demasiado diferentes entre sí. No es especialmente gratificante luchar, pero tampoco molesta.

Vermila Studios tenía muy claro qué juego quería hacer, y con sus más y sus menos, lo ha conseguido con creces. Crisol: Theater of Idols es un buen juego que probablemente gustará a casi cualquier fan de las últimas entregas de Resident Evil, así como a los amantes del folclore español y las historias perturbadoras de temática religiosa (y sí, también a los que disfrutan de la violencia extrema).