Hay juegos que buscan el espectáculo visual, otros el desafío jugable, y luego están esos que simplemente intentan ofrecer una experiencia que nos toque por dentro. Dear me, I was… pertenece claramente a este último grupo. Publicado por Arc System Works, estudio al que solemos asociar de forma casi automática con títulos de lucha complejos y técnicamente brillantes, esta pequeña experiencia supone un giro curioso dentro de su catálogo. Aquí no hay combos imposibles ni enfrentamientos desesperados, sino una propuesta íntima, delicada y profundamente contemplativa que apuesta por algo mucho más difícil de medir, la emoción.

La premisa es tan sencilla como universal. Acompañamos la vida de una mujer a través de distintos momentos clave de su vida, desde la infancia hasta la madurez, observando cómo cambian sus circunstancias, sus relaciones y su manera de enfrentarse al mundo. No hay diálogos escritos, no hay textos explicativos ni narradores que nos guíen. Todo se cuenta a través de imágenes en movimiento, pequeños gestos, miradas y una banda sonora que actúa como hilo conductor emocional. Es una historia cotidiana, reconocible, casi costumbrista, pero precisamente ahí reside parte de su fuerza, en lo fácil que resulta vernos reflejados en algunos de esos instantes.

El desarrollo de la historia evita el dramatismo excesivo y tampoco cae en la manipulación evidente, algo de agradecer en un título así. Simplemente nos muestra escenas de vida como alegrías, pérdidas, dudas, sueños, decisiones que parecen pequeñas en el momento pero que acaban marcando un rumbo. La ausencia de palabras obliga a que seamos nosotros quienes completemos los huecos, quienes interpretemos lo que no se dice de forma explícita. Eso genera una conexión especial, porque la historia no está cerrada del todo, deja espacio para que proyectemos nuestras propias experiencias. No todo el mundo conectará al mismo nivel, pero es imposible no verse identificado con algunos momentos.

En cuanto a la jugabilidad, conviene dejar claro desde el principio que estamos ante una experiencia de interacción mínima. No hay sistemas complejos, ni exploración libre, ni toma de decisiones que alteren el curso de los acontecimientos. Nuestra participación se limita a pequeñas acciones que sirven más como acompañamiento de la experiencia que como parte del progreso. Pulsar, interactuar en momentos concretos, avanzar al ritmo que marca la escena y poco más.

Esto puede suponer un arma de doble filo. Por un lado, la falta de mecánicas jugables puede hacer que algunos sientan que esto no es un juego. Por otro, esa misma sencillez permite que nada distraiga de lo verdaderamente importante, la experiencia emocional y estética. Nosotros lo hemos vivido más como una pieza interactiva que como un videojuego tradicional, algo que se sitúa en esa frontera difusa entre arte y diversión. Y aunque entendemos que no todos buscan esto cuando encienden la consola, también creemos que hay espacio para propuestas así.

La duración acompaña esta filosofía. Se trata de una obra breve, que puede completarse en menos de una hora. No hay relleno, no hay capítulos artificialmente alargados. Todo está medido para ofrecer una experiencia compacta, casi como un corto interactivo. Puede que al terminar nos quedemos con ganas de más, pero también es cierto que su intensidad se beneficia de esa concisión. Alargarla quizá habría podido arruinar la experiencia.

Donde el juego brilla con luz propia es en su apartado artístico. El estilo visual apuesta por una estética de acuarela en movimiento, con trazos suaves, colores que se funden y una animación que transmite una enorme sensibilidad. Cada escena parece una ilustración viva, con una delicadeza que encaja perfectamente con el tono íntimo de la historia. Hay momentos que se sienten como cuadros animados, como recuerdos difusos que vuelven a nuestra memoria con cierta melancolía. Todo esto es obra del gran artísta Taisuke Kanasaki, al que es muy fácil de reconocer por sus trabajos en Cing con Another Code u Hotel Dusk.

La música juega un papel fundamental. Sin diálogos ni textos, la banda sonora asume la responsabilidad de marcar el ritmo emocional de cada etapa. Los temas acompañan con sutileza, creciendo cuando la escena lo requiere y desapareciendo cuando el silencio resulta más adecuado. No estamos ante composiciones grandilocuentes, sino ante piezas que entienden su función y la cumplen con sensibilidad. El conjunto audiovisual funciona como un todo coherente, donde imagen y sonido se complementan constantemente.

Más allá de lo puramente técnico o jugable, lo interesante es reflexionar sobre lo que propone. Nos invita a detenernos, a observar, a recordar. En un panorama donde a menudo se premia la intensidad constante y la acumulación de estímulos, esta obra apuesta por la pausa y la contemplación. No nos desafía en términos de habilidad, sino en términos emocionales. Nos pide que estemos presentes, que miremos con atención, que dejemos que las escenas nos calen. Y eso, en sí mismo, ya es una declaración de intenciones.

Es cierto que su carácter tan contemplativo puede generar cierta distancia en quienes busquen una implicación más activa. También es posible que su historia, al ser tan universal y cotidiana, no impacte con la misma fuerza en todos los jugadores. Pero creemos que su valor no está en sorprender con giros inesperados ni en ofrecer experiencias innovadoras, sino en la honestidad con la que retrata el paso del tiempo y la construcción de una vida.

Al terminar, lo que queda no es la sensación de haber superado un reto, sino la de haber compartido un recuerdo. Quizá no cambie nuestra forma de entender el medio, pero sí nos recuerda que el videojuego puede ser también un espacio para este tipo de experiencias. Nosotros lo hemos vivido como una experiencia breve pero significativa, de esas que sin darnos cuenta dejan una pequeña huella.

En definitiva, estamos ante una propuesta pequeña en escala pero ambiciosa en intención y emoción. Definitivamente no es un juego para todos los públicos ni para todos los momentos, pero cuando encaja con nuestro estado de ánimo, funciona. Es una obra que apuesta por la sensibilidad y la sencillez, y que demuestra que a veces basta con observar una vida para encontrar algo que conecte con la nuestra y nos haga recordar, entonces pensaremos: quiero volver a ese día -Ano hi ni kaeritai-.