Fighting Force puede que sea una franquicia que no suene familiar para el público más joven, pero para los que ya pintamos canas nos devuelve a un momento muy concreto de la industria, a finales de los años 90, cuando el salto al 3D todavía estaba en fase de experimentación y muchos géneros tradicionales intentaban sobrevivir reinventándose en un nuevo espacio tridimensional que no siempre jugaba a su favor. En ese contexto, el beat ‘em up fue uno de los géneros que más sufrió ese proceso de adaptación, y Fighting Force es probablemente uno de sus ejemplos más representativos.

El primer Fighting Force llegó en 1997, en plena era dorada de la primera PlayStation, cuando la industria vivía una transición constante entre las estructuras clásicas del arcade y las nuevas posibilidades del 3D. El juego fue desarrollado por Core Design, un estudio británico que en aquel momento estaba en uno de sus puntos más altos de visibilidad gracias al éxito de Tomb Raider, lanzado apenas un año antes. Esa coincidencia no es menor, porque colocaba cualquier proyecto del estudio bajo cierto nivel de atención adicional. Fighting Force nació como una especie de reinterpretación tridimensional del beat ‘em up clásico, heredero directo de sagas como Final Fight o Streets of Rage, pero trasladado a entornos completamente poligonales.

La idea, sobre el papel, era bastante ambiciosa para su época, llevar la estructura del arcade de avance lateral a escenarios en 3D donde pudiéramos movernos con mayor libertad, interactuar con el entorno y combatir desde múltiples ángulos. En la práctica, el resultado fue un juego algo tosco, pero con una identidad muy clara. Apostaba por el combate directo, por escenarios cerrados llenos de enemigos y por una interacción constante con el entorno, donde prácticamente cualquier objeto podía convertirse en un arma improvisada. Ese enfoque, unido al cooperativo local, convirtió al juego en una experiencia muy atractiva para la época, especialmente en cooperativo, donde se disfrutaba más.

Aunque la recepción crítica fue bastante desigual en su lanzamiento, Fighting Force encontró su lugar en el mercado gracias a su presencia constante en discos de demos -incluso añadido dentro de reediciones de Tomb Raider- y recomendaciones entre jugadores. Era uno de esos títulos que quizá no destacaba por su acabado técnico ni por su profundidad, pero tenía «punch». Con el tiempo, terminó consolidándose como un pequeño clásico de culto dentro del catálogo de PlayStation, especialmente recordado por quienes vivieron esa transición del 2D al 3D en primera persona.

Dos años más tarde, en 1999, llegaría Fighting Force 2, y ahí la saga daría un giro bastante más pronunciado de lo esperado. Core Design intentó alejarse del enfoque arcade del original para construir una experiencia más pausada, más centrada en la acción en tercera persona y con un ritmo que recordaba más a los intentos contemporáneos de dotar de narrativa y estructura cinematográfica a los juegos de acción. La influencia de Tomb Raider se deja notar con claridad, tanto en el diseño de niveles como en la forma de plantear nuestro progreso. El problema es que ese cambio de identidad no terminó de encajar con lo que podíamos esperar de una continuación, y el resultado fue una entrega más fría, menos inmediata y considerablemente menos sólida.

A partir de ahí, la franquicia prácticamente desapareció, sin continuidad ni evolución posterior, quedando como una curiosidad de su época más que como una saga consolidada. Y es precisamente por eso que este recopilatorio tiene cierto valor, no solo recupera dos juegos, sino una forma de entender el diseño de acción en 3D que hoy ha quedado completamente desplazada por otras aproximaciones mucho más acertadas.

Entrando ya en la experiencia jugable dentro de la colección, lo primero que hay que tener claro es que estamos ante dos títulos que comparten universo, pero no filosofía. El primer Fighting Force sigue siendo el más sólido y, sobre todo, el más disfrutable dentro de sus limitaciones. Su propuesta es directa, avanzar por escenarios cerrados mientras se encadenan combates contra oleadas de enemigos, con un sistema de combate muy sencillo basado en golpes básicos, agarres y el uso constante de armas improvisadas. No es demasiado profundo pero sí inmediato, lo que sigue funcionando sorprendentemente bien cuando se acepta su naturaleza arcade.

Fighting Force 2, en cambio, se siente mucho más incómodo dentro de esta colección. Su apuesta por un enfoque más serio y pausado, con mayor énfasis en la exploración y un combate menos inmediato, no termina de cuajar del todo. Los controles son más rígidos, el ritmo es menos fluido y la sensación general es la de un juego que intenta evolucionar hacia otra cosa sin encontrar del todo su sitio. Apreciamos la intención de darle más peso a la estructura y al diseño, pero el resultado acaba siendo menos divertido y más irregular.

En el apartado técnico, esta colección adopta un enfoque claramente conservador. No hay una reconstrucción visual ni una reinterpretación moderna, sino una emulación con mejoras básicas de calidad de vida. La resolución es superior a la original, el rendimiento es estable y se incluyen opciones como guardado en cualquier momento, rebobinado y filtros visuales que intentan adaptar la imagen a nuestros gustos, desde una presentación más limpia hasta un estilo cercano al CRT clásico. Todo esto mejora la comodidad, pero no altera la esencia de los juegos, que siguen viéndose y sintiéndose como productos muy propios de su generación.

El primer juego conserva ese encanto muy característico de la primera era 3D, con modelos poligonales simples, animaciones rígidas y escenarios urbanos funcionales más que espectaculares. El segundo intenta dar un paso adelante en ambición visual, pero no consigue marcar una diferencia realmente significativa, quedando incluso algo más apagado en su conjunto. En ambos casos, el sonido cumple sin destacar especialmente, con efectos contundentes pero una banda sonora que acompaña sin dejar demasiada huella.

En conjunto, Fighting Force Collection es otro ejercicio de preservación más que de reinvención. No busca relanzar la franquicia o actualizarla en su totalidad, sino recuperar dos juegos tal y como fueron, con pequeñas mejoras que facilitan su acceso hoy en día. El resultado es irregular, pero honesto. El primer Fighting Force sigue teniendo suficiente personalidad y ritmo como para sostener la experiencia, especialmente en compañía, mientras que el segundo se percibe más como un experimento fallido dentro de la propia saga.

Al final, lo que deja esta colección es una impresión bastante clara, estamos ante dos juegos que pertenecen a una etapa muy concreta de la industria, una etapa de transición en la que muchas ideas se probaron sin la madurez necesaria para consolidarse. Y aunque no todos han envejecido igual de bien, su valor está precisamente ahí, en lo que representan. Para los que vivimos aquella época, es un recuerdo recuperado, para quienes llegan ahora, es una lección bastante directa de cómo el 3D aún estaba buscando su lugar.