Cuando Team Ninja anunció que Nioh 3 abandonaría la estructura clásica de misiones para abrazar zonas abiertas interconectadas, muchos jugadores temieron que la saga perdiera parte de su identidad. Sin embargo, basta con adentrarse en los primeros escenarios para comprobar que este cambio no solo funciona, sino que potencia todo lo que hacía grande a la franquicia. Nioh 3 es más ambicioso, más expresivo y más seguro de sí mismo, pero sigue siendo inconfundiblemente Nioh: un juego donde el combate es el lenguaje principal y la dificultad, una forma de aprendizaje.
La historia, ambientada en 1622, nos presenta a Tokugawa Takechiyo, nieto de Tokugawa Ieyasu, atrapado entre el deber político y un conflicto sobrenatural que amenaza con desestabilizar el recién instaurado periodo Edo. Su hermano menor, Kunimatsu, cae bajo la influencia de una fuerza oscura que lo convierte en líder de los yokai, desatando el caos en Edo y obligando a Takechiyo a emprender un viaje que mezcla tragedia familiar, intrigas de poder y mitología japonesa. Por primera vez en la saga, el protagonista no es un avatar silencioso ni un personaje moldeable, sino alguien con identidad, pasado y expectativas que pesan sobre sus hombros. Y eso se nota: la narrativa es más sólida, más emocional y más coherente que en entregas anteriores.

El cambio estructural hacia zonas abiertas no es un simple capricho. La sensación de descubrimiento es constante. Los escenarios están diseñados con mimo: ruinas que esconden jefes opcionales, aldeas abandonadas que revelan atajos inesperados, bosques corruptos donde cada claro puede convertirse en un campo de batalla improvisado. Esta libertad no diluye la identidad de Nioh; al contrario, la amplifica. El mundo se siente más vivo, más impredecible, y eso obliga al jugador a adaptarse, a leer el terreno y a dominar un sistema de combate que aquí alcanza su punto más alto.
Porque si algo define a Nioh 3 es su combate. Y no es una exageración decir que estamos ante la versión más refinada, profunda y expresiva que Team Ninja ha creado jamás. El estudio lleva décadas perfeccionando un estilo de acción basado en la precisión, la agresividad controlada y la lectura del enemigo, y aquí todo ese bagaje cristaliza en un sistema que no solo es complejo, sino también intuitivo y tremendamente satisfactorio.
La gran revolución es la estilo Ninja, una nueva clase con una forma de combatir totalmente nueva que aporta una velocidad y fluidez sin precedentes. Este estilo tiene sus propias armas, habilidades y progresión, lo cual permite ejecutar ataques rapidísimos, enlazar evasiones ofensivas y castigar a los enemigos en ventanas de tiempo que antes eran demasiado estrechas. El estilo Ninja no sustituye al estilo Samurái clásico de la saga con sus posturas alta, media y baja; lo complementa, añadiendo una capa táctica que cambia por completo el ritmo del combate. Dominarlo implica entender que Nioh 3 quiere que el jugador sea más agresivo, más preciso y más adaptable a la situación del combate.

A esta novedad está reforzada por un sistema dual que permite alternar entre el estilo samurái y el estilo ninja en tiempo real, sin interrupciones. No es un simple cambio de arma: es un cambio de filosofía. El samurái aporta contundencia, control del Ki y golpes pesados; el ninja, movilidad, presión constante y versatilidad. Cambiar de estilo en mitad de un combo, encadenar una habilidad yokai y rematar con un contraataque preciso es una sensación que muy pocos juegos pueden replicar. El combate se vuelve más dinámico, más impredecible y más personal.
La gestión del Ki, siempre crucial en la saga, se ha refinado aún más. Los pulsos siguen siendo esenciales, pero la Postura Ninja introduce nuevas dinámicas que permiten recuperar recursos con mayor rapidez si se ejecutan los movimientos con precisión. El combate se convierte en un reloj de engranajes perfectos: cada acción tiene un coste, cada error una consecuencia, cada acierto una recompensa inmediata. La sensación de control es absoluta, pero también lo es la responsabilidad: Nioh 3 no perdona la improvisación descuidada.
Las habilidades yokai, que en Nioh 2 eran potentes pero a veces se sentían desconectadas del flujo del combate, están ahora mucho mejor integradas. Se encadenan de forma natural con los combos, tienen sinergias con las posturas y permiten controlar grupos, romper guardias o castigar vulnerabilidades elementales. Cada jugador puede desarrollar un estilo único, desde un ninja eléctrico hasta un híbrido yokai que prioriza la resistencia y los contraataques. El sistema es tan flexible que dos jugadores con la misma arma pueden tener estilos completamente distintos.
Los jefes, como siempre en la saga, son el examen final de todo lo aprendido. Más agresivos, más variados y más exigentes, obligan al jugador a dominar tanto el estilo samurái como el ninja. Algunos transforman su patrón a mitad del combate, otros utilizan el entorno para presionar, y todos comparten una característica: son duros, pero justos. Cada victoria se siente como un logro personal, fruto de la paciencia, la observación y la ejecución precisa. Es un combate que no solo desafía, sino que enseña.

El combate de Nioh 3 bebe de toda la experiencia acumulada por Team Ninja. Hay ecos de la precisión quirúrgica de sus juegos más clásicos, del ritmo agresivo de sus títulos recientes y de la libertad de movimiento que el estudio ha ido explorando en los últimos años. Pero no es una mezcla sin identidad: es la culminación de una filosofía de diseño que lleva más de veinte años evolucionando. El resultado es un sistema que no solo es profundo, sino expresivo; no solo desafiante, sino justo; no solo técnico, sino visceral.
Más allá del combate, Nioh 3 brilla también en su progresión. El sistema de botín sigue siendo generoso, pero menos abrumador que antes. Los árboles de habilidades se han ampliado, ofreciendo nuevas opciones que fomentan la experimentación. Las sinergias yokai y las afinidades espirituales permiten crear estilos de juego muy especializados. Y el contenido post‑juego -con zonas de desafío, modificadores rotativos y gauntlets de jefes- garantiza horas de juego adicional para quienes quieran seguir perfeccionando su estilo.
Visualmente, el juego es impactante. La dirección artística apuesta por tonos oscuros y atmósferas densas, creando un mundo que parece acechado incluso en sus momentos más tranquilos. Los escenarios están llenos de detalles, desde las calles de Edo hasta los bosques corrompidos por los yokai. El rendimiento es impecable en la versión de PlayStation 5 que hemos podido probar, con tasas de fotogramas estables que hacen que incluso los combates más frenéticos se sientan fluidos y precisos.

Nioh 3 no es un juego perfecto. Su complejidad puede resultar abrumadora para los recién llegados, y hasta los veteranos pueden sentirse sobrepasados por la cantidad de mecánicas disponibles a dominar, además de por unos picos de dificultad ocasionales que pueden llegar a saturar, pese a que el juego siempre se encarga de ofrecernos opciones, como el multijugador y las invocaciones de otros personajes, que nos permitan suavizar estas situaciones. Las zonas abiertas, aunque bellas, pueden saturar por su densidad. Y la narrativa, aunque más sólida, a veces se ve lastrada por su propia ambición. Pero estos defectos nunca eclipsan sus virtudes.
Porque Nioh 3 es, ante todo, una obra maestra del combate. Un juego que exige, que castiga, que enseña y que recompensa. Un título que respeta sus raíces mientras se atreve a evolucionar. Y una demostración de que pocas compañías entienden el arte de la acción como Team Ninja.
