Desde hace ya más de una década, 11 Bit Studios ha sabido hacerse un nombre en la industria gracias a propuestas que se salen de la norma y que ponen al jugador ante dilemas muy humanos. Primero lo consiguieron con This War of Mine, un retrato crudo de la guerra desde la perspectiva de civiles que solo trataban de sobrevivir, y más tarde con Frostpunk, un constructor de ciudades en plena era glacial que obligaba a tomar decisiones extremas para mantener viva a la última comunidad humana. Con The Alters, el estudio polaco vuelve a dar un paso adelante, no ya en términos de complejidad técnica, sino en ambición narrativa. Esta vez nos ponen en la piel de Jan Dolski, un minero espacial corriente que, tras un accidente, queda varado en un planeta hostil donde el sol lo devora todo a su paso. Para sobrevivir no basta con recolectar recursos o mantener en pie una base improvisada: la clave está en usando un ordenador cuántico a bordo de la base y un mineral especial llamado Rapidium, crear copias alternativas de sí mismo, los llamados Alters, cada uno con una personalidad distinta y unas habilidades que provienen de decisiones vitales que Jan nunca tomó.
La narrativa gira en torno a esa idea de qué habría pasado si en nuestra vida hubiéramos tomado un camino distinto. Cada Alter es una respuesta a esa pregunta. Hay un Jan que estudió ciencia, otro que eligió la ingeniería, uno más empático y otro más pragmático. Y aunque todos comparten el mismo origen, sus personalidades son tan distintas que terminan chocando entre sí o, en el mejor de los casos, complementándose. No estamos ante una simple historia de ciencia ficción donde un protagonista lucha contra un entorno hostil, sino ante una narración mucho más íntima en la que cada clon sirve de espejo emocional. Lo que consigue el juego es que nos encariñemos o rechacemos a esos Alters no solo por lo que aportan a nivel práctico en la base, sino por lo que nos dicen sobre el propio Jan. El argumento principal se sostiene sobre esa tensión, mientras la amenaza del planeta va marcando los ritmos y nos recuerda que no hay tiempo de sobra para socializar demasiado.
El núcleo jugable de The Alters es mucho más complejo de lo que parece en un principio. Por un lado, está la exploración del planeta, que siempre se realiza bajo una presión constante contra el reloj. Cada expedición fuera de la base está limitada por la radiación solar, que avanza de forma implacable y nos obliga a medir muy bien qué recursos queremos obtener antes de regresar. La forma de explorar también incluye mecánicas propias, como minas o postes de energía que debemos ir colocando para extender nuestro radio de acción y asegurar que podemos recolectar minerales o materia orgánica. A esto se suman anomalías del entorno, como campos en los que el tiempo se distorsiona, ralentizando nuestros movimientos mientras el reloj corre más deprisa, lo que multiplica la tensión y el riesgo. A veces encontramos criaturas o fenómenos casi invisibles que pueden dañarnos o restarnos un tiempo precioso, y aunque tenemos algunas herramientas para defendernos, nunca llegamos a sentirnos completamente seguros.
El otro gran pilar de la jugabilidad se desarrolla en la base, una estructura circular y móvil que debemos expandir poco a poco para adaptarla a nuestras necesidades. Allí construimos cocinas, laboratorios, talleres, zonas de descanso y todo lo necesario para que la vida continúe. Cada nuevo módulo ocupa un espacio en la rueda, y debemos tener cuidado de cómo los conectamos para mantenerla funcional. Los Alters juegan un papel fundamental en este proceso, ya que cada uno de ellos aporta habilidades específicas. El Jan científico puede dedicarse a la investigación, el Jan técnico se encargará de reparar daños, el Jan botánico se ocupará de los cultivos, y así sucesivamente. El juego nos permite incluso automatizar ciertos procesos para que la base produzca recursos de manera estable, pero nada es tan sencillo, porque cada Alter tiene su carácter, sus emociones y sus límites. No son meras piezas de un engranaje: si los tratamos como tales, se agotarán, se deprimirán o incluso llegarán a rebelarse. En consecuencia, tan importante como optimizar la producción es cuidar de su bienestar emocional, hablar con ellos, darles espacios de descanso o resolver disputas internas.
Esa mezcla de presión externa y gestión interna convierte a The Alters en un juego estresante en el mejor de los sentidos. Cada día es una carrera contrarreloj en la que no se puede hacer todo, y eso nos obliga a elegir constantemente qué priorizar. El título guarda progreso solo al empezar un nuevo día, de modo que las consecuencias de nuestras decisiones pesan todavía más: un error puede costarnos horas de avance. Además, el propio desarrollo de la historia introduce dilemas morales que nos ponen contra la espada y la pared. Hay momentos en los que tenemos que decidir si sacrificar a un Alter por el bien común o arriesgarlo todo intentando salvarlo, y esas decisiones no se sienten arbitrarias ni simplistas, porque afectan de lleno a la moral del grupo y a cómo se desarrolla la convivencia en la base. Esa tensión entre eficiencia y humanidad es la que define la experiencia y la hace distinta a cualquier otro juego de supervivencia a los que nos hayamos enfrentado anteriormente.
En lo técnico, The Alters destaca por el uso del motor Unreal Engine 5, que le permite representar un planeta hostil y al mismo tiempo hermoso. Los paisajes tienen una cualidad alienígena que resulta tan fascinante como intimidante, y la propia base en forma de rueda es un espectáculo en sí misma, con sus módulos extendiéndose y moviéndose mientras avanza por el terreno. El juego luce especialmente bien en PC y en consolas de nueva generación, y aunque hay pequeños tirones ocasionales cuando el entorno se llena de efectos, en general el rendimiento se mantiene estable. El apartado sonoro también esta muy bien resuelto. La música refuerza muy bien tanto los momentos de tensión como los de intimidad, y las voces, todas interpretadas con registros distintos de un mismo actor, logran transmitir esa sensación de estar ante un solo hombre con múltiples personalidades.
Más allá de lo esencial, el juego ofrece pequeños detalles que enriquecen la experiencia. Las conversaciones con los Alters no solo sirven para mantener la moral, sino que aportan matices sobre sus historias y sobre lo que Jan podría haber sido y no fue debido a sus decisiones vitales. La convivencia da lugar a situaciones únicas, y aunque no es un título pensado para rejugar una y otra vez, sí existe un margen de variación suficiente como para que cada jugador viva momentos diferentes. Al final, The Alters combina de manera brillante supervivencia, gestión y narrativa en una experiencia que no se parece a nada más, y que pone a prueba tanto nuestra capacidad de organización como nuestra empatía. Puede que a ratos resulte abrumador y que la presión constante no sea para todo el mundo, pero también es lo que lo hace especial. Es un título que confirma a 11 Bit Studios como uno de los equipos más originales y valientes de la escena actual, y que nos recuerda que los videojuegos pueden ser, además de entretenimiento, algo mucho más personal.