A mediados de los años 2000, el survival horror clásico atravesó una terrible crisis creativa. Oleadas de juegos clónicos ocupaban con suerte dispar su hueco en las estanterías de las tiendas, provocando el cansancio del publico y de la critica. Tan profunda fue esta crisis que afectó incluso a la recepción de las vacas sagradas del genero y obligó a buscar nuevos caminos que terminaron por materializarse en el giro hacia la acción capitaneado por Resident Evil 4, enterrando el estilo clásico, que ahora vive una especie de segunda juventud, durante lustros. Pese a todo, con el paso de los años, surgieron voces que clamaban por títulos de terror menos basados en la testosterona y Frictional Games, un pequeño equipo de desarrollo noruego, fue capaz de darles respuesta con Penumbra y Amnesia. Su formula, basada en la oscuridad, la exploración en primera persona, el sigilo, los enemigos mortíferos y la resolución de pequeños puzles integrados en los escenarios, acabó por crear escuela, convirtiéndose en el estilo dominante en el genero del terror durante la pasada década.

Lamentablemente, como se ha demostrado en infinidad de ocasiones, la historia es cíclica y la popularización de un estilo de juego suele ir acompañado por la aparición de innumerables lanzamientos que tratan de subirse al carro de su éxito, llegando a un punto de saturación que provoca hastío y cansancio. Y en ese punto exacto es donde están ahora mismo los títulos de terror en primera persona.

Apsulov: End of Gods nos sitúa en un futuro cercano para contarnos una interesante historia que funde la ciencia ficción con la mitología. Unas excavaciones permiten que la humanidad descubra que las leyendas nórdicas son más reales de lo que podría desearse, sobre todo cuando dichas leyendas esconden una realidad que no resulta tan amable como la pintan los viejos relatos que han pasado de generación en generación hasta nuestros días. Sería un delito dar muchos más detalles de la historia de Apsulov: End of Gods, pues es, con muchísima diferencia, el punto más interesante de su propuesta.

Tras un prologo que juguetea con la temática del body horror, comenzaremos el juego totalmente perdidos y durante estos primeros instantes podremos hacernos una buena idea de lo que nos espera a lo largo de las cuatro o cinco horas que tardaremos en llegar al final. Las excavaciones adoptan la estructura de largos pasillos metálicos donde la oscuridad es casi total, quizá incluso hasta el punto de que su exceso dificulta la jugabilidad y nos obligará al uso prácticamente constante de la típica «visión especial» que nos resaltará elementos del escenario y nos facilitará el acceso a pistas y a elementos que no podríamos observar de otra manera.

Estas excavaciones están plagadas de enemigos ante los cuales estaremos totalmente indefensos en un primer momento, por lo que deberemos avanzar utilizando el sigilo, algo que será fácil gracias a la pobre inteligencia artificial de la que hacen gala dichos enemigos, mientras resolvemos pequeños puzles, recogemos documentos y archivos de audio que nos permitan averiguar más sobre el trasfondo argumental y progresamos de forma lineal y guiada a través del mapeado. Hasta aquí todo muy formulaico, con muy pocas sorpresas.

El elemento rupturista que ha incorporado Angry Demon Studio se incorpora un poco más tarde, en forma de brazo sintético que podremos utilizar para disparar bolas de energía. Puede parecer una novedad baladí, pero lo cierto es que su aparición consigue darle otra cara al juego. Los puzles pasan a ser algo más elaborados, se añade un elemento de gestión a la hora de dosificar la energía de la que disponemos e incluso podremos confrontar a algunos enemigos en lugar de huir y escondernos. Por desgracia este efecto novedoso se diluye rápido, pues pronto comprobamos que no se llega a profundizar de verdad en ninguna de estas mecánicas.

En un entorno ultracompetitivo, con un mercado saturado de juegos que siguen el mismo patrón, en muchas ocasiones no es suficiente con ser «bueno» a secas. Este es el caso de Apsulov: End of Gods: un juego que no hace nada especialmente mal, pero tampoco consigue hacer nada especialmente bien. La ambientación está muy lograda, la historia se sigue con gusto, el apartado técnico es solido — aunque llama la atención el nulo aprovechamiento de las capacidades de PlayStation 5, de forma que ni siquiera se ha habilitado algo tan básico como la vibración en el mando— y la estructura jugable funciona, sin estridencias, pero no deja de ser un nuevo retorno a los lugares comunes de una formula que está ya muy desgastada y que necesita de forma imperiosa que alguien consiga dar con la tecla adecuada para renovarla.

 


Este análisis ha sido realizado en PlayStation 5 mediante una copia cedida por Meridiem