Este análisis ha sido realizado en PlayStation 5 mediante una copia cedida por PLAION

Tras años de expectación, cambios en su fecha de lanzamiento y un halo constante de misterio, Pragmata llega finalmente como uno de los proyectos más inusuales e interesantes de una Capcom que vuelve a demostrar que sigue en perfecto estado de forma y que es capaz de convertir en oro todo lo que toca. Para un desarrollador conocido por el alto nivel de pulido de sus sagas más emblemáticas, esta nueva IP supone un giro claro: una propuesta que prioriza la apuesta por la experimentación, la atmósfera y la ambición conceptual. El resultado es una obra con carácter y personalidad, aunque por momentos también algo irregular, que es capaz de dejar huella incluso cuando no alcanza por completo todo su enorme potencial.

Ambientado en una estación de investigación lunar que ha caído bajo el control de una inteligencia artificial rebelde, Pragmata sigue la historia del astronauta Hugh Williams y su inesperada compañera, Diana, una niña androide con avanzadas capacidades de hackeo y un origen envuelto en misterio. La premisa resulta familiar, apoyándose en pilares clásicos de la ciencia ficción: el exceso tecnológico, las corporaciones opacas y las máquinas que se rebelan contra sus creadores. Sin embargo, dentro de este marco reconocible, el juego intenta construir su propia identidad a través de sus personajes y su diseño jugable.

El corazón de Pragmata es, sin duda, la relación entre Hugh y Diana. Es aquí donde el juego encuentra su mayor acierto. Su vínculo se desarrolla de forma progresiva, a través de interacciones sutiles en lugar de recurrir a un dramatismo excesivo. Diana no es solo una acompañante en lo narrativo, sino una presencia constante también en lo jugable, generando una sensación de dependencia mutua que resulta orgánica. Esta conexión aporta peso emocional a la experiencia y ancla su propuesta más conceptual en algo cercano y humano. Es cierto que no se alcanzan las cotas de implicación emocional de otros juegos con propuestas narrativas similares, como The Last of Us Parte I, pero la relación entre ambos personajes es verosímil y es imposible no encariñarse con una Diana que rebosa carisma y simpatía.

Sin embargo, la narrativa en conjunto no siempre está a la altura de esa relación central. Aunque el juego introduce temas como la inteligencia artificial, la autonomía o las implicaciones éticas del progreso tecnológico, rara vez los explora con la profundidad que cabría esperar. Gran parte de la historia avanza por caminos previsibles, apoyándose en clichés del género en lugar de cuestionarlos o reinventarlos. Algunos giros carecen de desarrollo suficiente, y ciertas tramas quedan esbozadas más que plenamente construidas, como si el juego dudara a la hora de comprometerse con sus propias ideas.

Esa sensación de contención también se percibe en la construcción del mundo. La estación lunar resulta visualmente muy atractiva, con un marcado contraste entre blancos pasillos industriales estériles y entornos digitales con tintes surrealistas. La dirección artística es sólida y logra transmitir una atmósfera de aislamiento e inquietud, con pequeños detalles visuales sugieren un entorno que ha dejado de estar bajo control humano, reforzando los temas del juego, pero no obstante, pese a esta fuerza estética, el conjunto carece de una identidad verdaderamente única y en ocasiones puede resultar un poco genérico.

Donde Pragmata sí logra destacar con claridad es en su jugabilidad. Su mecánica principal parte una combinación de disparos en tercera persona y hackeo en tiempo real que constituye el eje de toda la experiencia. Mientras Hugh combate físicamente, Diana interviene hackeando a los enemigos mediante un sistema basado en cuadrículas por las cuales, utilizando el cuadrado, circulo, triangulo y equis en el mando de PlayStation, deberemos desplazar un puntero a través de diversos nodos que nos irán otorgando ventajas contra los enemigos o que nos permitirán desbloquear sus puntos débiles, dejándolos incluso más debilitados si conseguimos realizar por la cuadricula una serie de movimientos predefinidos de antemano. Este enfoque dual transforma los enfrentamientos en algo más que simples tiroteos, obligando al jugador a dividir su atención y pensar de forma estratégica.

En sus primeras horas, este sistema resulta fresco, dinámico y muy estimulante. Introduce una tensión constante y una complejidad poco habitual en el género. Cada combate exige coordinación, rapidez mental y capacidad de adaptación. El resultado es un bucle jugable con identidad propia, capaz de ofrecer momentos realmente satisfactorios. Además, el juego introduce ligeras variaciones en los tipos de hackeo y en la disposición de los paneles, lo que aporta un mínimo de frescura durante las primeras fases.

Sin embargo, con el paso del tiempo, sus limitaciones empiezan a hacerse evidentes. La mecánica apenas evoluciona, las novedades son escasas y la variedad de enemigos resulta limitada, con el agravante de que en las últimas horas son capaces de soportar bastante daño. Esto provoca que los enfrentamientos pierdan progresivamente intensidad, repitiendo patrones que el jugador ya domina. El sistema de hackeo, que inicialmente sorprende, acaba volviéndose predecible, y lo que en un principio exigía ingenio termina resolviéndose casi por inercia. Por suerte hay una infinidad de habilidades y mejoras a desbloquear gracias a los coleccionables que podemos obtener mediante la exploración de los niveles, pero incluso esto no logra compensar la sensación de que el sistema podría haber dado más de sí.

Por su parte, las mecánicas de disparo cumplen, pero sin destacar. Son funcionales, pero carece del peso y la precisión que cabría esperar de Capcom. Las armas no terminan de transmitir impacto, y el combate rara vez alcanza la fluidez o intensidad de otros títulos del estudio, siendo más pausado y estratégico. Esto genera un cierto desequilibrio, donde el hackeo sostiene gran parte del interés jugable, dejando la acción en un segundo plano más convencional.

En cuanto a la estructura, Pragmata apuesta por un diseño relativamente tradicional. Las distintas áreas se conectan a través de una especie de núcleo central al que podemos volver cuando queramos una vez que hayamos desbloqueado ciertos atajos, lo cual nos facilita la experimentación con los diversos tipos de armamento y habilidades que solo pueden modificarse en este refugio central. La navegación por algunos de los niveles puede resultar algo confusa en ocasiones, y la repetición de objetivos afecta al ritmo, sobre todo en la segunda mitad del juego, donde la sensación de déjà vu se vuelve más evidente, pero nos ha sorprendido gratamente la forma en la que poco a poco el juego va complicando la obtención de los coleccionables mejorables para las mejoras, haciendo que tengamos que pensar bastante en los pasos necesarios para obtener algunos de ellos.

A nivel técnico, el título ofrece un rendimiento sólido en líneas generales. El RE Engine vuelve a demostrar su capacidad, con entornos detallados, una iluminación muy cuidada y buenas animaciones. El contraste entre la superficie lunar y los espacios interiores está especialmente logrado, reforzando la dualidad entre lo natural y lo artificial. Aunque el rendimiento es estable en la mayoría de situaciones sí que al menos en PlayStation 5 base, plataforma en la que hemos podido jugar, pueden aparecer pequeñas inconsistencias en momentos más exigentes y quizá el modo rendimiento tenga ciertos problemas de aliasing que degradan de forma perceptible la calidad de imagen. No son problemas graves, pero sí restan algo de pulido al conjunto.

La duración, en torno a las 12–15 horas, se sitúa en un punto intermedio adecuado. Permite desarrollar las ideas principales sin alargarse en exceso, aunque la repetición de mecánicas puede hacer que ciertos tramos se sientan más pesados de lo deseado. El contenido adicional aporta algo más de recorrido, incluyendo desafíos opcionales y elementos coleccionables que amplían ligeramente el trasfondo del juego, aunque, aun así, la estructura lineal y la falta de cambios significativos en la jugabilidad reducen el incentivo para una segunda partida.

En lo tonal, Pragmata apuesta por la contención. A pesar de su premisa ambiciosa, evita el espectáculo excesivo y se inclina por una atmósfera más introspectiva. Este enfoque funciona especialmente bien en los momentos centrados en los personajes, donde la relación entre Hugh y Diana gana protagonismo y aporta matices emocionales. La banda sonora acompaña con acierto, combinando elementos electrónicos y orquestales para reforzar la sensación de aislamiento. El diseño de sonido, en general, contribuye de forma notable a la inmersión, con efectos sutiles que refuerzan la tensión constante del entorno.

En última instancia, Pragmata es un título marcado por su ambición. Propone una mecánica central innovadora y construye una base emocional convincente, pero no consigue sostener del todo estos aciertos con la misma solidez en el resto de apartados. El resultado es una experiencia que resulta algo incompleta en su ejecución, como si algunas de sus mejores ideas se hubieran quedado a medio camino. Aun así, hay algo innegablemente valioso en lo que propone. Sus ideas son interesantes, su enfoque arriesgado y su identidad clara, aunque imperfecta, por lo que Capcom tiene en sus manos otra franquicia ganadora con todo el potencial del mundo. En un mundillo plagado de secuelas continuistas, Pragmata nos ha devuelto otros tiempos en los que las grandes productoras no tenían ningún tipo de miedo a la hora de experimentar con nuevas sagas y mecánicas.