Hoy voy a comenzar dando una breve clase de historia, porque el juego al que me refiero realmente lo merece. Hablo del famoso Blackjack o Veintiuno, un juego que surgió en Castilla y que fue representado por primera vez allá por 1601 por el escritor Miguel de Cervantes en su obra “Rinconete y Cortadillo”. En el relato se describía un juego donde había que llegar a 21 sin pasarse y donde el AS podía valer 1 u 11 dependiendo del momento. ¿Y por qué hablo de esto? Porque llevo unos días enganchadísimo a Black Jacket, el nuevo título de Mi’pu’mi Games, creadores de The Flower Collectors. Su nueva propuesta es un oscuro roguelite deckbuilding donde sobreviviremos a una macabra versión del veintiuno mientras apostamos nuestra propia vida y mejoramos nuestro mazo partida tras partida. El juego llega a todas las plataformas y además está disponible desde el primer día dentro de Xbox Game Pass.

Os pongo en contexto. Encarnamos a un alma apenada que acaba de cruzar una especie de limbo en el inframundo y, para sobrevivir en ese lugar, deberemos apostar monedas que funcionan tanto como dinero como vida. Todo se resume en arriesgar con cabeza mientras intentamos seguir con vida para escapar de este extraño purgatorio. Por suerte no estaremos completamente solos, ya que el juego nos presenta a Reed, un ente que nos ayudará a comprender las reglas y los peligros de este siniestro tablero.

Black Jacket es un roguelite donde el juego del Veintiuno es el auténtico protagonista. El diseño del mapa bebe muchísimo del camino que trazamos en títulos como Slay the Spire o Monster Train, aunque aquí todo es algo más simple y directo. No tenemos eventos aleatorios demasiado elaborados, ya que las casillas se dividen principalmente entre enemigos normales, enemigos élite, tiendas, despertares y comodines. Todo camino termina desembocando en un combate final y actualmente contamos con un total de tres jefes, cada uno con habilidades pasivas y formas de jugar completamente diferentes.

Lo que más me ha sorprendido es cómo cada partida se convierte en una lucha constante por sobrevivir, hasta el punto de que incluso comprar demasiado puede terminar costándonos la vida. No es un juego especialmente sencillo y gran parte del aprendizaje llega a base de jugar, perder y volver a intentarlo. Además, cada nuevo viaje se vuelve más duro gracias a un sistema de progresión y logros que nos irá proporcionando nuevas cartas, reliquias y mejoras pasivas. Por ejemplo, inicialmente nuestra funda tendrá espacio para una única carta, aunque podremos ampliarla con el tiempo. Lo mismo ocurre con nuestra salud o la cantidad de monedas máximas disponibles, haciendo que cada avance se sienta útil incluso cuando caemos derrotados.

Para que entendáis mejor cómo funciona una partida, voy a explicar un poco el sistema principal y así también hablar de los despertares y efectos especiales. Nos sentaremos frente a una mesa y siempre jugaremos primero, mientras que la banca actuará después. Esto provoca que, si nos pasamos de 21, perderemos automáticamente antes incluso de que el rival termine su turno. Cada ronda comienza apostando dos monedas, aunque aquí entran en juego las ranuras especiales del tablero. Algunas casillas permiten activar habilidades pasivas como “Aumentar”, que incrementa el valor de una carta concreta y puede cambiar completamente el resultado de una jugada.

Además de las cartas normales, tendremos las conocidas como cartas despiertas. El juego utiliza los palos tradicionales -picas, corazones, diamantes y tréboles- junto a otros palos especiales como dientes, tumores, llamas o codicia. Cada uno posee propiedades únicas. Por ejemplo, las cartas de dientes suelen centrarse en atacar al oponente o forzar descartes incómodos. Estas mejoras y efectos especiales forman parte del sistema de despertares que iremos acumulando poco a poco dentro de nuestro mazo. A esto también debemos sumar las cartas de personajes. Al principio desbloquearemos a la familia real -rey, reina y asesino- y estas cartas activan efectos especiales cuando se combinan entre sí, aportando nuevas estrategias y sinergias bastante interesantes.

Uno de los aspectos que más ayuda a mantener el interés es que cada enemigo posee mecánicas propias, algo que convierte cada enfrentamiento en un pequeño rompecabezas donde debemos medir muy bien cada jugada. Durante las partidas iremos lanzando cartas hasta acercarnos lo máximo posible a 21. Ganará la puntuación más alta y, en caso de empate, decidirá primero la carta de mayor valor y después el orden en el que se hayan colocado sobre la mesa, de izquierda a derecha. Cuando vencemos una ronda recuperamos nuestra apuesta y las monedas restantes pasan al montón ganador. Ese dinero no estará disponible inmediatamente, aunque sí podremos utilizarlo posteriormente en las tiendas sin necesidad de gastar directamente nuestra vida. A veces incluso compensa arriesgar y sacrificar parte de nuestra salud si la recompensa merece realmente la pena.

Una vez ganamos una partida podremos seguir avanzando y descubrir algo más sobre el inframundo y sus habitantes, aunque Black Jacket deja claro desde el principio que perder forma parte de la experiencia. El juego convierte cada derrota en una nueva oportunidad para desbloquear contenido y seguir profundizando en sus mecánicas, reforzando constantemente esa esencia tan característica de los roguelites modernos.

El apartado visual apuesta por un diseño muy detallado y cuidado, con un marcado aire gótico y una ambientación bastante opresiva. Cuando nos pasamos de 21 o realizamos ciertas jugadas importantes, la cámara se ralentiza para enfatizar el momento y aumentar todavía más la tensión. Puede parecer un detalle pequeño, pero ayuda muchísimo a que cada ronda se sienta importante. Los enemigos quizá no sean especialmente memorables visualmente, ya que la mayoría son almas y entes del inframundo con diseños bastante abstractos, aunque encajan bien dentro de la propuesta artística del juego.

La banda sonora también acompaña muy bien toda esta ambientación oscura, apostando por melodías ambientales con toques de jazz noir e instrumentos de cuerda que generan una sensación constante de inquietud. Además, la música evoluciona dependiendo del riesgo de cada jugada y se vuelve mucho más intensa cuando estamos cerca de pasarnos de 21 y perderlo absolutamente todo.

En definitiva, Black Jacket es mucho más que un simple juego basado en el Blackjack con cartas especiales. Es una propuesta que consigue trasladar la sensación de supervivencia constante a cada partida y que sabe combinar muy bien el riesgo, la estrategia y la progresión roguelite. La variedad de enemigos, las diferentes formas de construir el mazo, los desbloqueables y la tensión permanente que genera cada ronda lo han metido de lleno dentro de mi top personal de juegos de cartas. Quizá todavía sea pronto para hablar de fenómeno, pero desde luego sí da la sensación de que podríamos estar ante una de las sorpresas más interesantes de 2026.