Diablo II: Resurrected – Infernal Edition es uno de esos remakes que entienden perfectamente qué hacía especial al juego original y, sobre todo, qué cosas no debían tocarse demasiado. En una época en la que muchas remasterizaciones parecen obsesionadas con modernizarlo todo hasta perder la personalidad de la obra original, Blizzard tomó una decisión bastante inteligente: actualizar el aspecto visual y ciertas comodidades jugables sin alterar la esencia de uno de los action RPG más influyentes de la historia. El resultado es una experiencia que resulta nostálgica y actual al mismo tiempo, algo mucho más difícil de lograr de lo que parece.
Volver a Santuario después de tantos años sigue teniendo algo magnético. Hay una atmósfera muy concreta en Diablo II que ni siquiera sus secuelas han logrado replicar del todo. El mundo es oscuro, incómodo y opresivo. No busca ser épico constantemente ni llenar la pantalla de efectos espectaculares cada cinco segundos. Hay una sensación permanente de peligro, de decadencia y de soledad que sigue funcionando increíblemente bien incluso dos décadas después del lanzamiento original. Desde los bosques malditos del Acto I hasta los desiertos de Lut Gholein o las profundidades infernales del final del juego, cada escenario transmite personalidad y un tono muy definido.
Lo más impresionante de Diablo II: Resurrected – Infernal Edition es cómo consigue respetar esa identidad visual mientras reconstruye el juego prácticamente desde cero a nivel gráfico. El trabajo de iluminación, las animaciones y el rediseño de enemigos y escenarios es espectacular. No se siente como una reinterpretación moderna hecha para parecer otro juego distinto, sino como la versión que muchos recordaban en su cabeza cuando piensan en Diablo II con nostalgia. De hecho, el simple hecho de poder alternar en tiempo real entre los gráficos originales y los nuevos sirve para darse cuenta del enorme trabajo realizado. La transición es instantánea y funciona casi como una demostración de respeto hacia el material original.
El sonido también merece muchísimo reconocimiento. La banda sonora sigue siendo una de las mejores que ha dado el género, especialmente porque entiende que la ambientación no depende solo de la música, sino también del silencio. Muchas zonas apenas utilizan melodías durante largos periodos y dejan que los efectos ambientales construyan la tensión. Los ruidos lejanos, los gruñidos de los enemigos o el eco de las cavernas crean una sensación constante de amenaza. Todo eso sigue intacto en Resurrected, aunque ahora acompañado por una calidad de audio mucho más limpia y detallada.

En términos jugables, Diablo II continúa siendo increíblemente absorbente. Hay algo casi peligroso en su estructura porque siempre parece existir una razón para seguir jugando “cinco minutos más”. Un objeto mejor, una runa específica, una build que quieres probar o simplemente la posibilidad de que el siguiente enemigo deje caer ese loot perfecto. El bucle jugable sigue funcionando con una eficacia brutal. Matar monstruos, conseguir equipo, mejorar el personaje y repetir el proceso tiene una capacidad adictiva que muy pocos juegos han conseguido igualar.
Parte de esa magia está en el sistema de progresión. A diferencia de muchos RPG modernos que permiten cambiar habilidades constantemente sin consecuencias, Diablo II obliga al jugador a comprometerse con una build. Las decisiones importan y cometer errores puede salir caro, especialmente durante las primeras horas. Eso genera una conexión mucho más fuerte con el personaje. Cada nivel conseguido tiene valor y cada punto invertido produce la sensación de estar construyendo algo concreto. Puede resultar menos flexible y más duro que otros títulos actuales, pero precisamente ahí reside parte de su encanto.
Las clases siguen funcionando de maravilla. El Nigromante continúa siendo uno de los personajes más satisfactorios del género gracias a la posibilidad de construir un pequeño ejército de muertos vivientes, mientras que la Hechicera mantiene ese equilibrio entre fragilidad y destrucción absoluta que la hace tan divertida. El Paladín, la Amazona, el Druida o el Bárbaro conservan estilos de juego muy marcados, y esa variedad sigue siendo una de las grandes fortalezas del juego. No importa cuántas veces vuelvas a Diablo II: siempre aparece una nueva build que quieres experimentar.
En Diablo II: Resurrected – Infernal Edition tenemos, además, al Warlock como una de las grandes novedades, el primer contenido publicado para el juego en más de 25 años. Esta clase, importada directamente desde las secuelas, es un autentico goce a los mandos, con tres ramas de especializaciones: Caos, Sobrenatural y Demonio. Caos nos permite barrer a nuestros enemigos con potentes hechizos de área, Sobrenatural nos permite imbuir hechizos que alteran y potencian las habilidades de nuestras armas y Demonio nos abre la puerta a invocar poderosas criaturas de forma similar al Nigromante. Eso sí, esta nueva clase está claramente desbalanceada y resulta demasiado potente.

Eso sí, Resurrected también deja claro que Diablo II es un juego de otra época, y no siempre para bien. Blizzard añadió mejoras importantes de calidad de vida, como un alijo compartido entre personajes, recogida automática de oro o compatibilidad con mando sorprendentemente buena, pero la base sigue siendo la misma. Diablo II: Resurrected – Infernal Edition añade todavía más mejoras de calidad de vida, retocando la gestión del inventario, que era uno de los puntos más criticados debido a lo limitado y algo incómodo que resultaba, pero la gestión de pociones puede resultar tediosa y ciertos picos de dificultad rozan lo frustrante, especialmente para jugadores nuevos. Hay momentos donde el diseño muestra claramente sus años y donde algunas mecánicas se sienten más anticuadas que desafiantes.
Sin embargo, incluso esos elementos forman parte de la identidad del juego. Diablo II nunca intentó ser una experiencia cómoda. Hay una dureza deliberada en cómo maneja la progresión, el loot o incluso la muerte del personaje. Perder experiencia al morir en dificultades altas sigue siendo doloroso, y recuperar el cadáver en ciertas zonas puede convertirse en una auténtica pesadilla. Pero esa misma severidad es la que hace que las victorias, los objetos raros y los avances importantes resulten tan satisfactorios.
El loot sigue siendo probablemente el aspecto más brillante de todo el juego. Pocos títulos han conseguido replicar la emoción que produce ver caer un objeto único o una runa extremadamente rara después de horas de farmeo. Diablo II entiende perfectamente cómo construir anticipación. Incluso enemigos normales pueden dejar caer algo increíble, y eso mantiene viva la tensión constantemente. Nunca sabes cuándo llegará esa recompensa que llevas buscando durante días.
También hay algo especialmente admirable en cómo Diablo II: Resurrected – Infernal Edition respeta el ritmo del original. No intenta acelerarlo artificialmente ni convertirlo en una experiencia moderna llena de marcadores, tutoriales interminables o recompensas constantes. Hay momentos de exploración lenta, de incertidumbre y hasta de repetición, pero forman parte del viaje. Diablo II confía en el jugador y en la fuerza de sus sistemas sin necesidad de disfrazarlo todo bajo capas de estímulos permanentes.
El multijugador sigue siendo otro de sus grandes pilares. Jugar cooperativo continúa siendo divertidísimo, especialmente porque cada clase aporta algo distinto al grupo y porque el caos de las partidas llenas de enemigos conserva intacta toda su intensidad. Además, el componente social alrededor del intercambio de objetos y la economía creada por la comunidad sigue teniendo muchísimo peso. Incluso años después, Diablo II mantiene una comunidad obsesivamente dedicada, algo que muy pocos juegos pueden decir.

No todo es perfecto, claro. Algunos jugadores probablemente esperaban cambios más profundos en determinados sistemas. Resurrected apuesta claramente por la preservación antes que por la reinvención, y eso implica aceptar muchas limitaciones heredadas del original. Quien nunca haya conectado con Diablo II difícilmente cambiará de opinión aquí, pero, para quienes entienden lo que representa este juego dentro del género, Resurrected es casi una celebración de su legado. No intenta reemplazar al clásico, sino ofrecer la mejor forma posible de seguir jugándolo en la actualidad. La esencia sigue intacta: la atmósfera opresiva, el combate directo y contundente, la obsesión por el loot y esa sensación permanente de peligro y recompensa.
Lo más importante es que Diablo II: Resurrected – Infernal Edition demuestra hasta qué punto el diseño original estaba adelantado a su tiempo. Muchos juegos han intentado copiar su fórmula durante años, pero muy pocos han logrado capturar el mismo equilibrio entre profundidad, oscuridad y capacidad adictiva. Incluso hoy, sigue habiendo algo especial en recorrer Santuario mientras escuchas la música melancólica de Tristram y esperas que el próximo enemigo deje caer el objeto perfecto.
Al final, Diablo II: Resurrected – Infernal Edition no solo funciona como remake, sino también como recordatorio de por qué Diablo II sigue siendo considerado uno de los mejores action RPG jamás creados. Puede que algunas mecánicas hayan envejecido, puede que ciertas decisiones resulten frustrantes para jugadores modernos y puede que no tenga el ritmo frenético de otros títulos actuales, pero precisamente ahí está parte de su fuerza. Diablo II nunca intentó gustarle a todo el mundo. Siempre fue una experiencia dura, absorbente y profundamente obsesiva.
