La sombra de Slay the Spire es muy alargada dentro del género de los roguelikes de construcción de mazos, pero una rana armada con una espada ha llegado para demostrar que todavía hay espacio para ideas frescas y propuestas capaces de sorprender. Así es Die in the Dungeon, un juego que realmente no inventa nada nuevo, pero que sí sabe coger mecánicas ya conocidas, mezclarlas con bastante inteligencia y convertirlas en algo tremendamente divertido. El resultado es uno de esos títulos fáciles de entender, difíciles de dominar y capaces de engancharnos durante horas mientras intentamos crear la combinación perfecta de dados.
Die in the Dungeon es un roguelike de construcción de mazos, aunque en este caso el concepto tradicional de cartas se sustituye por dados que colocamos sobre un tablero. Sobre el papel puede sonar un poco extraño, y probablemente las imágenes expliquen mejor la idea que cualquier texto, pero intentaré resumirlo de la mejor manera posible. Nuestro objetivo es derrotar al enemigo que tengamos delante antes de que él acabe con nosotros, utilizando distintos tipos de dados y combinándolos estratégicamente sobre el tablero. La base es sencilla, pero conforme avanzamos empiezan a aparecer capas y capas de complejidad.
Al comienzo de la partida contamos con dados de ataque, defensa, curación y multiplicadores. Más adelante iremos desbloqueando muchos más tipos gracias a logros y progresión permanente, aunque prefiero no entrar en demasiados detalles para no estropear parte de la sorpresa. Además, si tuviese que explicar cada uno de ellos este análisis se haría eterno. Los dados básicos son fáciles de entender: un dado de curación con un valor de 3 nos recuperará tres puntos de vida, mientras que uno defensivo nos dará esa cantidad de escudo. Los multiplicadores son bastante más interesantes, ya que permiten aumentar el valor de otros dados cercanos dentro del tablero. Por ejemplo, si un multiplicador tiene un valor de 2, sumará esa cifra a los dados que tenga alrededor dentro de su rango de efecto.

Puede sonar algo raro explicado así, pero creedme cuando digo que en cuanto jugamos un par de partidas todo empieza a resultar muy intuitivo. De hecho, los dados multiplicadores son precisamente los que terminan dando más profundidad al sistema y los que aprovechan realmente el tablero para crear combinaciones muy potentes. Aun así, el juego también permite construir estilos más simples y directos para quienes prefieran centrarse únicamente en atacar o resistir daño. Como buen roguelike, la variedad de builds termina siendo enorme, especialmente cuando desbloqueamos nuevos personajes y empezamos a experimentar con estrategias completamente distintas. Elegir bien qué dados añadir y cuáles eliminar acaba siendo fundamental si queremos sobrevivir durante las runs más avanzadas.
Los dados también pueden mejorarse y modificarse de diferentes maneras. Un dado básico de seis caras no funciona exactamente igual que uno tradicional; en lugar de tener valores del uno al seis, puede venir dividido de manera equilibrada entre varias cifras. Por ejemplo, un dado puede tener las caras 1, 1, 2, 2, 3 y 3. Si lo mejoramos, quizá pase a tener 2, 2, 3, 3, 4 y 4. Sin embargo, el juego también permite modificar manualmente esos valores en determinadas situaciones, siempre respetando una cantidad máxima de puntos. Eso significa que podríamos transformar ese mismo dado en algo mucho más arriesgado, como 0, 0, 0, 6, 6 y 6. Sobre el papel puede parecer una locura, pero precisamente ahí está parte de la gracia: crear dados especializados y adaptar nuestra estrategia a ellos.

Además de los clásicos dados de seis caras, también existen versiones de cuatro y ocho caras, cada una con sus propias ventajas. Para jugar todos estos dados necesitamos energía. Los de cuatro caras son gratuitos, los de seis consumen un punto y los de ocho requieren dos puntos de energía. Gestionar bien esos recursos es clave, especialmente durante los combates más largos, donde una mala colocación puede arruinar por completo un turno. A esto se suma la posibilidad de añadir propiedades especiales a los dados, como mantener su valor fijo, reducir el coste de energía o aplicar efectos de veneno. Gracias a ello, algunas builds terminan siendo completamente absurdas en el mejor sentido posible, encadenando efectos y multiplicadores hasta generar turnos devastadores. En ciertos momentos el juego incluso roza lo incremental, ya que dependemos de una combinación explosiva para arrasar con todo, aunque nunca llega a perder del todo la importancia de la estrategia.
El resto de elementos habituales del género también están presentes: reliquias, eventos aleatorios, tiendas, rutas alternativas y un mapa por nodos muy reconocible para cualquiera que haya jugado a este tipo de propuestas. Funciona bien, aunque creo que actualmente el mayor problema del juego está en la variedad de enemigos y escenarios. Después de bastantes horas empezamos a ver situaciones demasiado repetidas, y eso hace que algunas runs pierdan parte de la sorpresa inicial. Aun así, el núcleo jugable es tan bueno que consigue sostener la experiencia prácticamente por sí solo. Si el estudio continúa añadiendo contenido, nuevos enemigos y más situaciones donde poner a prueba nuestras builds, el resultado puede llegar a ser todavía muchísimo mejor.
También me ha gustado bastante cómo se integran las pociones y ciertos eventos especiales. Aquí pueden llegar a ser completamente determinantes, hasta el punto de salvar una partida que parecía perdida. Además, muchos eventos requieren realizar tiradas de dados para decidir el resultado, algo que encaja perfectamente con la temática general del juego y añade un pequeño componente de riesgo constante bastante divertido.

Visualmente, Die in the Dungeon es una auténtica maravilla. Su pixel art tiene muchísimo detalle, utiliza trazos bastante gruesos y cuenta con animaciones realmente fluidas. Todo desprende personalidad, desde los enemigos hasta las animaciones finales tras cada combate, que son especialmente carismáticas. Aun así, hay algunos pequeños problemas de claridad visual. Los iconos que indican mejoras o propiedades en los dados pueden resultar demasiado pequeños, especialmente cuando el tablero empieza a llenarse de efectos y modificadores. Tras unas cuantas partidas uno termina acostumbrándose, pero creo que la interfaz todavía podría pulirse un poco más para facilitar la lectura durante los combates más caóticos. En cuanto a la música, cumple bien y tiene temas con bastante ritmo, aunque también me habría gustado encontrar algo más de variedad entre zonas.
En resumen, Die in the Dungeon es un roguelike tremendamente divertido, con una idea muy bien ejecutada y un sistema de juego capaz de engancharnos durante horas. La mezcla entre tablero, dados y construcción de builds funciona mejor de lo que parece en un principio, y aunque actualmente le falte algo más de variedad en enemigos y escenarios, la enorme cantidad de combinaciones posibles consigue compensarlo bastante bien. Espero sinceramente que el estudio siga ampliándolo con nuevas actualizaciones y contenido, porque estamos ante uno de esos indies que tienen potencial para convertirse en un pequeño referente dentro del género. Y al final, como decía un viejo conocido mío, cuantos más dados tiras, más te diviertes.
