En 2011, Snowblind Studios, responsables de títulos como Baldur’s Gate: Dark Alliance y Champions of Norrath, se atrevió con una propuesta bastante interesante dentro del universo de El Señor de los Anillos. En lugar de volver a contarnos la historia de Frodo, Aragorn o Gandalf, La Guerra del Norte nos llevaba a una parte de la Tierra Media que apenas habíamos visto, con tres nuevos héroes enfrentándose a las fuerzas de Sauron mientras los acontecimientos de la trilogía principal se desarrollaban en otros lugares. El problema es que el juego llegó en uno de los momentos más desafortunados que podemos imaginar: se puso a la venta el 1 de noviembre, apenas diez días antes de The Elder Scrolls V: Skyrim, además de coincidir con una temporada en la que también llegaron auténticos pesos pesados como Batman: Arkham City, Uncharted 3 o Call of Duty: Modern Warfare 3. El resultado fue que La Guerra del Norte pasó bastante desapercibido y recibió una recepción discreta, lejos de las grandes notas que acompañaban a las principales producciones de aquel año.

Ahora, quince años después, Aspyr recupera aquel título con The Lord of the Rings: War in the North – Legacy Edition, una versión que actualiza su experiencia para que podamos disfrutarla con mayor comodidad en los sistemas actuales. Y lo cierto es que la propuesta de Snowblind tenía suficientes elementos interesantes como para que esta segunda oportunidad tenga sentido. Eso sí, también debemos tener claro desde el principio que estamos ante un juego de 2011 y que, por mucho que se haya mejorado su apartado técnico y se hayan incorporado algunas funciones muy útiles, hay elementos de su diseño que han permanecido intactos y que dejan muy claro el paso del tiempo.

La historia nos sitúa durante los acontecimientos de El Señor de los Anillos, cuando Frodo y la Comunidad han iniciado su viaje hacia Mordor. Mientras la atención de Sauron está puesta en Gondor y Rohan, uno de sus principales lugartenientes, Agandaûr, se encarga de reunir un ejército en el norte con la intención de conquistar los territorios de los Pueblos Libres y abrir un nuevo frente en la guerra. Es aquí donde entran nuestros protagonistas, un grupo formado por Eradan, un montaraz; Farin, un guerrero enano; y Andriel, una elfa experta en magia. Los tres emprenderán una aventura paralela a la de la Comunidad, recorriendo lugares conocidos de la Tierra Media y enfrentándose a las fuerzas de Sauron mientras intentan averiguar cuáles son los verdaderos planes de Agandaûr.

La idea funciona especialmente bien porque permite que el juego tenga su propia identidad sin necesidad de modificar los acontecimientos que conocemos. No estamos sustituyendo a Frodo ni participando directamente en la destrucción del Anillo Único, sino combatiendo en otro frente de una guerra que está teniendo lugar simultáneamente. De esta manera podemos visitar localizaciones reconocibles como Rivendel, Bree, el Bosque Negro, Lórien o Gundabad, encontrarnos con algunos personajes conocidos y, al mismo tiempo, conocer a unos protagonistas que tienen su propia historia. La ambientación consigue así algo que no siempre resulta sencillo en las adaptaciones de Tolkien: aprovechar el universo conocido sin limitarse a repetir lo que ya hemos visto.

Eso no significa que nos encontremos ante un argumento memorable. La historia cumple perfectamente su función de llevarnos de una localización a otra y enfrentarnos a las fuerzas de Sauron, pero los protagonistas carecen del desarrollo de los grandes personajes de la saga y Agandaûr tampoco consigue convertirse en un villano especialmente interesante. Es, en definitiva, una aventura secundaria dentro de la Guerra del Anillo, y probablemente sea mejor acercarnos a ella precisamente con esa mentalidad. No pretende competir con la obra de Tolkien, sino ofrecernos la posibilidad de vivir una pequeña historia propia dentro de su universo.

Donde La Guerra del Norte encuentra su verdadera personalidad es en su jugabilidad. Estamos ante un RPG de acción en tercera persona con una clara influencia de los trabajos anteriores de Snowblind. Tenemos combate directo, diferentes tipos de armas, habilidades, árboles de progresión, equipamiento que podemos ir sustituyendo constantemente y un sistema de botín que nos invita a revisar cada cofre y cada enemigo derrotado. En cierto modo, estamos ante una especie de hack ‘n slash con elementos de RPG que recuerda más a los antiguos Baldur’s Gate: Dark Alliance o Champions of Norrath que a un RPG occidental tradicional.

Cada uno de los tres protagonistas está especializado en un estilo de juego diferente. Eradan es el más versátil y puede alternar el combate cuerpo a cuerpo con el arco y algunas habilidades relacionadas con el sigilo. Farin es el personaje más orientado al enfrentamiento directo, capaz de resistir grandes cantidades de daño y repartir golpes contundentes con sus armas. Andriel, por su parte, apuesta por la magia y puede utilizar diferentes habilidades ofensivas y de apoyo. Las diferencias no son tan profundas como para convertir cada personaje en una experiencia completamente distinta, pero sí suficientes para que cambiar de uno a otro resulte interesante, especialmente cuando jugamos en compañía.

Y aquí encontramos precisamente uno de los grandes atractivos del juego: el cooperativo. La Guerra del Norte fue diseñado desde el principio para ser disfrutado por hasta tres jugadores y es probablemente cuando mejor funciona. Cada integrante del grupo puede asumir un papel diferente y las habilidades de los tres personajes permiten crear cierta sinergia durante los enfrentamientos. Además, podemos jugar tanto online como en cooperativo local a pantalla partida, algo que hoy resulta mucho menos habitual de lo que nos gustaría.

Jugar en solitario también resulta perfectamente viable, pero Legacy Edition introduce aquí una mejora que cambia bastante la experiencia. Ahora podemos cambiar entre los tres personajes en cualquier momento, lo que nos permite controlar directamente a quien necesitemos según la situación. También podemos gestionar mejor sus habilidades y equipamiento, algo especialmente útil porque cada uno cuenta con su propio desarrollo. Esta posibilidad soluciona una de las limitaciones más evidentes de la versión original y hace que la campaña individual resulte bastante más interesante, ya que no tenemos que conformarnos con jugar siempre con el mismo protagonista mientras la inteligencia artificial se encarga de los demás.

El sistema de progresión tampoco pretende reinventar el género. A medida que ganamos experiencia desbloqueamos habilidades y podemos especializar a nuestro personaje en determinadas ramas, mientras que el abundante equipamiento nos permite ir sustituyendo armas y armaduras para mejorar nuestras estadísticas. Es un sistema sencillo y accesible, quizá demasiado para quienes busquen una profundidad RPG considerable, pero funciona bien con el ritmo de la aventura. El juego entiende perfectamente que aquí hemos venido principalmente a combatir y avanzar, y no nos obliga a pasar demasiado tiempo gestionando menús.

El problema es que esa misma sencillez termina pasando factura después de varias horas. El combate es divertido, especialmente cuando tenemos varios enemigos delante y podemos combinar nuestras habilidades con las de nuestros compañeros, pero su profundidad es limitada. Muchos enfrentamientos terminan reducidos a repetir nuestros ataques más efectivos mientras esperamos el momento adecuado para utilizar alguna habilidad especial. La variedad de enemigos tampoco es extraordinaria y el diseño de los escenarios es bastante lineal, con pocas posibilidades de desviarnos del camino principal. Algunos niveles se sienten más como pasillos de combate conectados entre sí que como auténticas zonas de exploración. Y esto es precisamente lo que más evidencia que estamos ante un juego de otra época.

La Legacy Edition intenta precisamente suavizar algunos de estos problemas sin modificar sus fundamentos. Tenemos un sistema de fijado de objetivos mejorado, una interfaz renovada, indicadores más claros de vida, maná y experiencia, guardado automático y diferentes mejoras de calidad de vida. También se han corregido errores del original y se ha trabajado para adaptar el juego a las plataformas actuales.

En el apartado técnico tenemos una situación curiosa. Poder jugar a 60 imágenes por segundo hace que el combate se sienta bastante más fluido y que la experiencia general sea mucho más agradable, mientras que las resoluciones superiores permiten disfrutar de los escenarios con mayor definición. Pero estas mejoras también ponen de manifiesto las limitaciones del material original. Los modelados, las animaciones, las expresiones faciales y determinadas texturas siguen siendo claramente propios de una producción de 2011. No estamos ante una remasterización capaz de hacernos creer que estamos jugando a un título moderno, y tampoco parece que ese haya sido el objetivo de Aspyr.

A nivel sonoro, la ambientación vuelve a ser uno de sus puntos fuertes. La música de corte cinematográfico encaja perfectamente con las batallas y ayuda a reforzar la sensación de estar recorriendo la Tierra Media, mientras que los efectos de combate aportan la contundencia necesaria a los enfrentamientos. Tampoco podemos esperar una producción sonora a la altura de los grandes títulos actuales, pero el conjunto sigue funcionando y, sobre todo, consigue transmitir esa familiar sensación de aventura que tanto beneficia a la propuesta.

Después de quince años, El Señor de los Anillos: La Guerra del Norte sigue siendo un juego con bastantes defectos, pero también conserva una serie de virtudes que explican perfectamente por qué algunos jugadores lo recuerdan con tanto cariño. Su combate es sencillo, su progresión es accesible, la exploración es limitada y la historia no está a la altura de las grandes obras de Tolkien. Sin embargo, su ambientación continúa funcionando, los tres protagonistas tienen suficiente personalidad jugable para diferenciarlos y, sobre todo, el cooperativo sigue siendo una forma estupenda de disfrutar de esta aventura.

Quizá por eso esta recuperación tenga más sentido de lo que podría parecer a primera vista. La Guerra del Norte nunca fue una obra maestra injustamente olvidada. Ya en su lanzamiento tenía problemas evidentes y la crítica de entonces señaló precisamente su combate repetitivo, su estructura lineal, su escasa profundidad y sus problemas técnicos. Pero tampoco era un mal juego. Era una propuesta con buenas ideas, desarrollada por un estudio que sabía perfectamente cómo construir RPG de acción cooperativos, y que tuvo la mala suerte de aparecer en uno de los finales de año más competitivos que recordamos.

Quince años después, la situación es diferente. Ya no tiene que competir con Skyrim, Uncharted 3 o Modern Warfare 3, ni necesita demostrar que puede ser el gran RPG de la Tierra Media. Simplemente tiene que ofrecer unas horas de acción entretenida en compañía, y en ese sentido continúa cumpliendo. La Guerra del Norte – Legacy Edition no convierte en imprescindible un juego que nunca lo fue, pero sí consigue algo más importante: recuperar una aventura que merecía tener una segunda oportunidad y demostrar que, incluso con todas sus limitaciones, todavía queda diversión en esta olvidada guerra que tuvo lugar mientras Frodo y sus compañeros intentaban salvar la Tierra Media.