Hay juegos que utilizan la obra de H. P. Lovecraft como una simple excusa para llenar sus escenarios de tentáculos, criaturas imposibles y personajes que pierden la cordura, y después están aquellos que consiguen transmitir esa sensación de encontrarnos ante algo que escapa por completo a nuestra comprensión. The Sinking City ya intentó hacerlo a su manera, combinando el horror cósmico con las aventuras detectivescas que tan bien conocía Frogwares gracias a su trabajo con Sherlock Holmes. Sin embargo, aquella propuesta tenía sus luces y sus sombras, especialmente por un mundo abierto que no siempre conseguía justificar sus enormes dimensiones y un combate que quedaba claramente por debajo del resto de sus elementos. Con The Sinking City 2, el estudio ucraniano ha decidido tomar un camino completamente diferente. Ya no estamos ante una aventura detectivesca de mundo abierto, sino ante un survival horror en tercera persona que bebe directamente de algunos de los grandes referentes modernos del género. El cambio es evidente desde los primeros minutos, pero también lo es que Frogwares ha sabido conservar algo fundamental: su particular manera de entender el universo de Lovecraft.
Esta vez dejamos atrás a Charles Reed para ponernos en la piel de Calvin Rafferty, un investigador de lo oculto que llega a la inundada Arkham después de que un ritual salga terriblemente mal y deje a Faye, su pareja, en coma. Mientras ella permanece atrapada entre nuestro mundo y las Tierras del Sueño, Calvin tendrá que adentrarse en una ciudad asolada por extrañas criaturas y descubrir qué ha sucedido para encontrar una forma de devolverla a la realidad. La historia es bastante más directa que la del primer juego y funciona como una motivación sencilla para llevarnos de un escenario a otro, aunque no siempre consigue mantener el mismo nivel. Hay momentos realmente interesantes, especialmente cuando Frogwares se abandona al horror cósmico y nos muestra las consecuencias de aquello que está sucediendo, pero la relación entre Calvin y Faye no siempre está tan bien desarrollada como debería y algunos diálogos y escenas pecan de cierta rigidez. Aun así, el universo que rodea a estos personajes es suficientemente atractivo como para mantener nuestra curiosidad durante toda la aventura.

Y es precisamente en la ambientación donde The Sinking City 2 vuelve a demostrar que Frogwares sabe muy bien cómo trabajar con el imaginario de Lovecraft. Arkham es una ciudad inundada, decadente y enferma, donde los edificios abandonados, los hospitales, las instalaciones universitarias y las calles cubiertas por el agua consiguen transmitir la sensación de que aquí hubo una vida normal antes de que todo se fuese al infierno. La ciudad no parece simplemente un decorado construido para provocar miedo, sino un lugar que tuvo una historia y que ahora se encuentra en plena descomposición. Hay momentos en los que basta con caminar por uno de sus escenarios para que la ambientación haga prácticamente todo el trabajo.
El mayor cambio respecto a la primera entrega se encuentra, evidentemente, en la jugabilidad. Frogwares ha abandonado el mundo abierto y ha optado por una estructura mucho más contenida, dividida en zonas que podemos explorar con bastante libertad antes de continuar con nuestro objetivo principal. El resultado es mucho más parecido a lo que encontramos en los Resident Evil modernos: tenemos espacios conectados entre sí, puertas cerradas que nos obligan a buscar objetos o resolver pequeños acertijos, rutas alternativas, habitaciones secundarias y un buen número de secretos que recompensan nuestra curiosidad. Es una estructura mucho más apropiada para el terror y permite que el estudio controle mejor el ritmo de la aventura.
La exploración tiene además un peso importante, porque nunca sabemos exactamente qué podemos encontrar al desviarnos del camino principal. Munición, materiales, mejoras, documentos y diferentes recursos están repartidos por los escenarios y nos obligan a registrar cada rincón si queremos llegar mejor preparados a los siguientes enfrentamientos. El inventario es limitado y tenemos que decidir qué llevar con nosotros, algo que funciona especialmente bien cuando los recursos escasean y tenemos que valorar si merece la pena gastar munición en un enemigo o simplemente buscar otra ruta para evitarlo.

El combate, por su parte, ha mejorado muchísimo respecto al primer juego y ahora ocupa un lugar mucho más importante. Contamos con diferentes armas de fuego, ataques cuerpo a cuerpo y una esquiva que resulta fundamental para sobrevivir a determinados enfrentamientos. Los enemigos son bastante más agresivos y, especialmente durante las primeras horas, cualquier error puede salir caro. Hay criaturas que requieren que prestemos atención a sus puntos débiles y que no nos limitemos a disparar sin más, algo que aporta cierta variedad a unos enfrentamientos que, de otro modo, podrían resultar demasiado convencionales.
Sin embargo, Frogwares todavía tiene trabajo por hacer para conseguir que el combate esté al nivel de los grandes exponentes del género. El manejo de las armas no siempre resulta tan preciso como nos gustaría y hay situaciones en las que la cantidad de enemigos termina chocando con la escasez de munición. En más de una ocasión tendremos la sensación de que lo más inteligente es salir corriendo y dejar atrás a nuestros perseguidores. Esto no es necesariamente negativo en un survival horror, pero cuando tenemos que volver a recorrer una zona y los enfrentamientos se convierten en una obligación, el ritmo puede resentirse.
Los puzles son otro de los elementos en los que se nota la experiencia de Frogwares. Aunque las investigaciones han perdido protagonismo y ahora funcionan principalmente como contenido opcional, el ADN de los creadores de Sherlock Holmes sigue presente. Encontraremos documentos, pistas y elementos del escenario que tendremos que relacionar para descubrir códigos, abrir accesos o comprender qué ha sucedido en determinados lugares. No todos los acertijos nos van a obligar a estrujarnos demasiado el cerebro, pero consiguen integrarse de forma natural en la exploración y sirven para que no todo se reduzca a avanzar y disparar.

También tenemos un sistema de progresión mediante mejoras que nos permite desarrollar diferentes capacidades y adaptar ligeramente a Calvin a nuestra manera de jugar. No estamos ante un RPG complejo, pero sí existe una sensación de evolución que se agradece, especialmente porque durante las primeras horas cualquier mejora puede marcar una diferencia considerable. A medida que avanzamos y conseguimos nuevas armas y habilidades, afrontar determinados enemigos resulta mucho más llevadero.
En el apartado técnico, The Sinking City 2 es claramente el juego más ambicioso de Frogwares hasta la fecha, aunque todavía encontramos algunas aristas que recuerdan que estamos ante un estudio que no dispone de los recursos de Capcom, por ejemplo. El uso de Unreal Engine 5 permite construir escenarios mucho más detallados y, sobre todo, una iluminación que contribuye enormemente a la atmósfera. Los escenarios inundados, los interiores decadentes y las criaturas están muy conseguidos, aunque algunos modelados y determinadas animaciones no alcanzan el nivel de las grandes producciones del género. También podemos encontrarnos con alguna caída puntual de rendimiento y pequeños problemas de pulido, pero no llegan a arruinar la experiencia.
Y es difícil hablar de The Sinking City 2 sin mencionar a Frogwares y las circunstancias en las que ha desarrollado el juego. El estudio ucraniano ha tenido que afrontar años especialmente complicados, incluyendo una disputa legal con su anterior editora y una guerra que ha afectado directamente a su equipo. Nada de esto convierte automáticamente un juego en mejor o peor, pero resulta imposible no valorar el enorme mérito que supone que un estudio en esas circunstancias haya conseguido sacar adelante una producción de estas características. Y, curiosamente, el propio juego parece transmitir parte de esa sensación de resistencia y supervivencia.

Quizá el mayor problema de The Sinking City 2 sea que, en su intento de mejorar los defectos del original, también ha dejado por el camino parte de su personalidad. Aquella primera entrega era irregular, pero tenía algo difícil de encontrar: era una aventura detectivesca de mundo abierto ambientada en un universo lovecraftiano. Esta secuela es mucho más sólida como survival horror, pero sus influencias son evidentes. Resident Evil está presente en la estructura, el inventario, los recursos, los enemigos y buena parte del diseño de niveles. No es necesariamente algo malo, porque Frogwares ha demostrado que sabe utilizar esas herramientas, pero sí puede dejar una sensación de déjà vu a quienes esperasen una evolución más atrevida de la fórmula original.
The Sinking City 2 es, en definitiva, una secuela que se atreve a cambiar prácticamente todo aquello que definía al primer juego. Y aunque ese cambio pueda decepcionar a quienes disfrutaron especialmente de su faceta detectivesca, tenemos que reconocer que el resultado funciona. Frogwares ha conseguido construir un survival horror competente, atmosférico y repleto de momentos que demuestran que el estudio entiende perfectamente cómo trasladar el horror cósmico a los videojuegos. No está exento de problemas, especialmente en un combate que todavía puede mejorar y en una narrativa que no siempre consigue mantener el mismo nivel, pero sus escenarios, su ambientación, la exploración y los puzles hacen que merezca la pena adentrarse en Arkham. Quizá no sea el The Sinking City que algunos esperábamos, pero sí es un paso adelante que demuestra que Frogwares todavía tiene mucho que ofrecer.
