Para muchos de nosotros, Final Fantasy VII fue mucho más que un JRPG. Fue una puerta de entrada a todo un género, una de esas experiencias que se quedan grabadas para siempre en la memoria. En su momento, descubrir poco a poco sus secretos supuso un impacto difícil de igualar, especialmente en una época en la que todavía no estábamos acostumbrados a mundos tan amplios y detallados. Durante las primeras horas era fácil pensar que toda la trama iba a transcurrir dentro de Midgar, por lo que la sorpresa al abandonar sus muros resultaba absolutamente monumental. La historia de Cloud, Aeris, Barret o Tifa no se limitaba a una gran metrópolis ciberpunk, ni siquiera a una región concreta, sino que abría ante nosotros un mundo completo, repleto de ciudades, cuevas, montañas, ríos y secretos. Una aventura que, para muchos de nosotros, definió lo que debía ser un RPG.

Con el paso de los años, el género fue evolucionando y el propio Final Fantasy VII se mantuvo como una referencia constante. El anuncio del remake fue durante mucho tiempo un sueño recurrente para millones de jugadores, alimentado por demos técnicas y promesas que durante años parecieron inalcanzables. Cuando finalmente el proyecto se materializó, lo hizo además con una división en varias entregas que generó dudas sobre cómo se abordaría la transición fuera de Midgar y hasta qué punto se respetaría la estructura original.

El desarrollo de la alta definición supuso un aumento exponencial en los costes de producción de los videojuegos, afectando directamente a la escala de los mundos y al tipo de experiencias que se podían crear. La propia saga Final Fantasy no fue ajena a este cambio, y sus entregas comenzaron a apostar por estructuras más dirigidas, dejando atrás en parte la sensación de exploración libre de sus primeras iteraciones. En ese contexto, el remake de Final Fantasy VII llegó a parecer durante años una empresa imposible. Sin embargo, el proyecto terminó por hacerse realidad, abriendo la puerta a nuevas interpretaciones del original. Aun así, incluso con su existencia ya consolidada, seguía existiendo la duda de cómo se afrontaría el resto del viaje fuera de Midgar.

FINAL FANTASY VII REBIRTH comienza con un flashback que repasa los acontecimientos clave que dan forma al inicio de la aventura. Tras la huida de Midgar, el grupo se reúne en la posada de Kalm, donde se retoman los hechos vividos y se contextualiza la situación actual. Es aquí donde Cloud relata a sus compañeros su relación con Sefirot y los acontecimientos de Nibelheim, uno de los momentos más importantes de la narrativa del juego. Se trata de una sección inicial bastante lineal y guiada, pensada como introducción al nuevo tramo del viaje, pero que representa muy bien el enfoque narrativo del juego. En esencia, Rebirth mantiene una fidelidad muy alta respecto al original en sus pilares argumentales, recreando situaciones y momentos clave, aunque introduciendo pequeñas variaciones y reinterpretaciones que aportan una nueva perspectiva. Todo ello se realiza con un enorme respeto por el material original, algo que se percibe constantemente tanto en las escenas como en la forma en la que se reinterpretan los acontecimientos.

Al mismo tiempo, el juego no se limita a replicar lo conocido. Se amplía el trasfondo, se introducen nuevos elementos y se enriquecen personajes y situaciones, generando una narrativa más profunda y abierta a interpretación. Algunas modificaciones de mayor calado juegan además con nuestras expectativas, abriendo debates que probablemente se mantendrán hasta FINAL FANTASY VII REVELATION -el cierre de la trilogía ya anunciado-.

Tras esta introducción, la acción nos devuelve al presente en Kalm, una ciudad que ha crecido notablemente respecto a su versión original. Antes de abandonar la zona, se realizan pequeñas tareas que sirven como transición hacia el mundo abierto. Es en este punto donde Rebirth muestra uno de sus mayores logros: la recreación del mapamundi. Lo que antes era una representación simplificada, aquí se convierte en un mundo continuo, sin cortes, donde todo está conectado a escala real. El viaje hacia la Mina de Mitrilo es un buen ejemplo de ello: lo que en el original era un desplazamiento de apenas minutos, aquí se transforma en un recorrido mucho más extenso, con cambios de ambientación progresivos y una sensación de escala mucho más tangible.

El mundo abierto de FINAL FANTASY VII REBIRTH es, sin duda, uno de sus grandes logros. La sensación de escala es abrumadora y el respeto por los diseños originales se mantiene intacto, pese al enorme aumento de tamaño y detalle. Explorar este mundo es, en sí mismo, una de las grandes recompensas del juego. Cada región está diseñada para transmitir identidad propia, y la transición entre biomas está muy bien trabajada, reforzando la sensación de viaje continuo. Sin embargo, esta ambición también tiene un coste. El diseño del contenido secundario sigue un patrón bastante estructurado, con actividades que, aunque útiles para progresión y recompensas, pueden resultar algo repetitivas con el paso de las horas. Elementos como los informes de Chadley o la activación de puntos de interés siguen una fórmula clara que, aunque funcional, no siempre evita la sensación de “lista de tareas”. Aun así, las misiones secundarias más elaboradas compensan esta estructura, ofreciendo pequeñas historias con contexto propio que enriquecen el mundo y fomentan la exploración de forma más natural.

La cantidad de minijuegos es simplemente desbordante. El juego parece no contenerse en ningún momento y ofrece una variedad de actividades que van mucho más allá de lo esperable, hasta el punto de que algunas de ellas podrían sostenerse como experiencias independientes. Este enfoque contribuye a reforzar la sensación de variedad constante, aunque también puede resultar abrumador en ciertos momentos por la acumulación de sistemas paralelos. Lo que es seguro es que nos espera un buen saco de horas para disfrutar con el juego.

El sistema de combate parte de la base de FINAL FANTASY VII REMAKE, pero introduce mejoras que lo hacen más profundo y flexible. La acción es más fluida, las transiciones entre personajes son más naturales y la respuesta a los comandos resulta inmediata. A esto se suma una mayor importancia de la coordinación entre miembros del grupo, con habilidades y sinergias que obligan a entender mejor el rol de cada personaje. El resultado es un sistema más completo y exigente, que mantiene el dinamismo del original pero añade elementos adicionales de estrategia.

La versión de Switch 2 que es la que hemos podido jugar por cortesía de Bandai Namco y Square Enix supone un ejercicio técnico loable teniendo en cuenta la escala del juego. Dadas las concesiones técnicas lógicas debido a la naturaleza del sistema híbrido de Nintendo, el objetivo de 30 frames por segundo es generalmente estable, con mejoras claras respecto a las primeras versiones de prueba. Las caídas de rendimiento que se observaban en la demo han sido reducidas al mínimo, especialmente en escenas cinemáticas y zonas de exploración, donde el frame pacing es ahora más consistente. Sin embargo, no se trata de una experiencia perfectamente bloqueada, ya que en combates muy cargados o zonas abiertas todavía pueden producirse algunas pequeñas fluctuaciones.

Visualmente, las concesiones son mínimas pero evidentes. Se reduce la densidad de vegetación, la distancia de dibujado y la calidad de algunos elementos del escenario. El uso de resolución dinámica apoyada en reconstrucción tipo DLSS permite mantener la fluidez, aunque a costa de una imagen más suave, especialmente en portátil. Aun así, el núcleo visual del juego se mantiene intacto, con modelos de personajes, animaciones principales y escenas clave conservando un nivel de calidad muy alto, apoyado además por el diseño artístico. Es justo decir que a pesar de todo, se ha hecho magia y el resultado ha superado nuestras previsiones más optimistas con el sistema.

En conjunto, la versión de Switch 2 prioriza estabilidad y jugabilidad por encima de fidelidad visual absoluta, ofreciendo una adaptación sorprendentemente competente de una producción de esta escala. FINAL FANTASY VII REBIRTH sigue siendo una obra monumental dentro del género, un título que expande de forma brillante el legado del original y que consigue modernizar su estructura sin perder su identidad. La versión de Switch 2 no es la más espectacular a nivel técnico, pero sí representa una adaptación muy meritoria teniendo en cuenta la ambición del proyecto. Poder disfrutar de un mundo de esta escala en formato híbrido, con un rendimiento generalmente sólido, es en sí mismo uno de sus mayores logros. En conjunto, nos encontramos ante una experiencia que sigue perteneciendo a esa categoría de juegos que dejan huella, y que demuestran por qué el regreso de este universo era algo que tantos llevábamos años esperando.