Hubo una época en la que las aventuras de acción y plataformas parecían tener unas reglas muy claras. Wonder Boy, Zelda II: The Adventure of Link y otros clásicos de finales de los ochenta y principios de los noventa mezclaban exploración, combate, plataformas y pequeños elementos RPG para crear aventuras que hoy siguen teniendo una legión de seguidores. Con el paso de los años, muchas de aquellas fórmulas terminaron desapareciendo, pero el auge de los metroidvania independientes permitió recuperar buena parte de sus ideas. En ese contexto apareció Aggelos, una pequeña producción de WONDERBOY BOBI que en 2018 rendía homenaje sin demasiados complejos a aquella época.
El primer Aggelos destacaba precisamente por su sencillez. Era un juego de acción y plataformas de inspiración claramente retro, con una estructura de exploración que recordaba a Wonder Boy y algunas ideas heredadas de Zelda II. Lo que comenzó como un proyecto prácticamente personal de François Perez, bajo el nombre de WONDERBOY BOBI, terminó convirtiéndose en una aventura profesional que encontró su público gracias a su encanto y a una ejecución bastante cuidada.
Ocho años después, Aggelos 2 recupera aquella fórmula y la hace crecer en prácticamente todos los sentidos. Ya no estamos ante una producción que intenta recrear la estética de una consola concreta, sino ante un metroidvania mucho más ambicioso que mantiene la filosofía del original mientras introduce una mecánica fundamental: la posibilidad de alternar entre nuestra forma angelical y una nueva forma demoníaca.

La historia vuelve a llevarnos al Reino de Lumen, ahora amenazado por el Ejército de la Oscuridad. Nuestro protagonista pertenece a la máxima jerarquía de los ángeles y ha sido elegido por Balro para enfrentarse a la amenaza. Sin embargo, la situación pronto se complica y nuestro héroe pierde buena parte de sus poderes, viéndose obligado a aceptar una nueva forma oscura para sobrevivir. La dualidad entre luz y oscuridad sirve como punto de partida para una aventura que, como era de esperar, tampoco pretende reinventar la narrativa del género.
Y tampoco lo necesita. La historia funciona principalmente como hilo conductor para llevarnos de una zona a otra mientras descubrimos nuevas habilidades, enemigos y secretos. El verdadero protagonista vuelve a ser el mundo de Lumen, y es precisamente en su diseño donde encontramos buena parte del encanto de la aventura.
Una de las mayores novedades es precisamente la existencia de dos reinos conectados y superpuestos. No se trata simplemente de visitar dos mapas independientes: ambas versiones del mundo están relacionadas y podremos desplazarnos entre ellas para descubrir caminos alternativos, resolver puzles y acceder a zonas que antes parecían inaccesibles. La idea recuerda a algunos de los grandes referentes del género, pero aquí se integra con la posibilidad de cambiar también entre nuestras dos formas.

La forma angelical apuesta por un estilo más disciplinado y defensivo, mientras que la demoníaca resulta más agresiva y ágil. Cambiar entre ambas no es solamente una cuestión estética, sino una herramienta que debemos aprender a utilizar durante la exploración y los combates. En determinados momentos necesitaremos una habilidad concreta para superar un obstáculo, mientras que algunos enemigos se afrontan mejor utilizando una de las dos formas. El sistema no resulta especialmente complicado, pero sí aporta una pequeña capa de estrategia que hace que el cambio de forma tenga sentido más allá de ser una simple novedad.
Es una mecánica que funciona especialmente bien cuando se combina con la exploración. Como buen metroidvania, Aggelos 2 nos anima constantemente a recordar lugares por los que ya hemos pasado y regresar cuando conseguimos una nueva habilidad. El vuelo, el agarre a las paredes, los desplazamientos rápidos y otras capacidades van ampliando progresivamente nuestras posibilidades, convirtiendo el mapa en un enorme conjunto de pequeñas preguntas esperando su correspondiente respuesta.
También encontramos puzles y mecanismos que nos obligan a observar el entorno y aprender sus rutas. No todo consiste en avanzar hacia la derecha eliminando enemigos. Hay secretos, caminos secundarios y mejoras que recompensan al jugador que se sale del camino principal y dedica tiempo a explorar. Son desafíos generalmente sencillos, pero cumplen bien su función y ayudan a que recorrer de nuevo zonas conocidas no se convierta simplemente en una tarea de limpieza.

El combate, por su parte, conserva la sencillez del original. Seguimos teniendo una experiencia eminentemente 2D, rápida y directa, donde el control preciso y la lectura de los enemigos son fundamentales. La secuela amplía considerablemente la variedad de situaciones y enemigos, mientras que los enfrentamientos contra jefes vuelven a ser uno de los grandes momentos de cada zona. En total encontramos 13 grandes jefes, repartidos entre ambos reinos, con enfrentamientos que ponen a prueba las habilidades adquiridas durante la aventura. No todos sorprenden por igual, pero en conjunto ofrecen algunos de los mejores momentos de la experiencia.
La progresión también ha ganado profundidad. Podemos recoger orbes con los que desbloquear ataques especiales, aumentar nuestra fuerza y mejorar nuestra capacidad de supervivencia. No estamos ante un RPG especialmente complejo, pero sí ante un sistema suficiente para que la exploración tenga una recompensa tangible y para que mejorar al personaje forme parte del propio ciclo de juego.
Y, sobre todo, sigue existiendo ese encanto retro que parece ser una de las señas de identidad de WONDERBOY BOBI. No estamos ante un juego que utilice pixel art simplemente porque está de moda, sino ante una propuesta diseñada alrededor de las sensaciones de aquella época. Incluso la música y los efectos de sonido contribuyen a ello, apostando por melodías y sonidos que evocan directamente el hardware clásico. Todo esto acompaña una aventura que puede llevarnos unas 10-15 horas si no buscamos completar absolutamente todo, una duración bastante adecuada para el tipo de experiencia que propone.
