El primer amor quizás no sea lo que nuestros recuerdos adultos nos ofrecen al volver a ellos. A veces… a veces…
El día que me convertí en pájaro traslada una historia muy sencilla en una experiencia jugadora muy universal. Este juego trae un pequeño y emotivo álbum infantil, convertido a un mando en un breve juego narrativo.
Porque esto parte del álbum ilustrado original de Ingrid Chabbert, autora francesa especializada en literatura infantil y juvenil, conocida por historias breves pero cargadas de sensibilidad emocional. El libro en el que se basa el juego no es especialmente mainstream, no pertenece a ninguna gran franquicia ni nada por el estilo, sino que se mueve más bien en un terreno de obra íntima, de esas que funcionan muy bien dentro del ámbito educativo o familiar. De hecho, este tipo de adaptaciones a videojuego suelen tener precisamente ese objetivo de ampliar su alcance sin perder la esencia del cuento original, algo que aquí se intenta respetar bastante bien.

Hyper Luminal Games han traído a formato jugable esta preciosa historia ilustrada, publicada por la editora Numskull Games en distintas plataformas. Realmente, El día que me convertí en pájaro es una experiencia sencilla, que toca fibras sensibles en adultos, pero sobre todo parece pensada para que ese adulto lo comparta con un público más joven, casi como una lectura interactiva.
Un niño corriente que un día posa sus ojos en una niña. Y queda encantado. Entonces, haciendo su día a día, ambos van a la misma escuela, se interesa por saber más sobre ella. Le gustan los pájaros.
Mmmmmm, «Me gustaría captar su atención»…
Y de eso va la historia y el juego.

No hay mucho que contar sobre el argumento, sí hablamos de lo que hace el videojuego. El día que me convertí en pájaro convierte en jugables durante cuatro pequeños días ese primer flechazo infantil, esa inocencia con la que el protagonista intenta acercarse a lo que siente sin entenderlo del todo.
En este videojuego tenemos precisamente mecánicas de videojuego. Hay diferentes esquemas lúdicos como construir rompecabezas, sencillas secciones de habilidad… y momentos de exploración e interacción en entornos muy cotidianos como el colegio, la casa o el parque. Todo ello con una intención muy clara de no complicarse en ningún momento, dejando que el peso caiga más en la experiencia que en el desafío.
El día que me convertí en pájaro se completa de tirón en una hora. Y cada cual asimile lo que hemos jugado y vivido. Sus sencillos patrones jugables están preparados para niños pequeños a quienes les hayamos puesto el mando por primera vez. Que hay opciones para simplificarlo todavía más. Es un juego sin voces, con textos muy bien adaptados al español, y con un ritmo que no busca frenar nunca la lectura del propio cuento.

Un cuento jugable al que volver durante el paso de los años, más como recuerdo emocional que como reto jugable en sí mismo. En el fondo, funciona casi como una especie de puente entre el libro ilustrado y el videojuego, sin pretender ir mucho más allá de eso, pero tampoco necesitándolo.
El juego ofrece poco fondo jugable. Si somos algo avispados, completaremos sus «logros/trofeos» incluso en la primera vuelta. Si no es así, la pretendida accesibilidad del juego nos permitirá buscar fácilmente las plumas doradas que nos hayamos dejado por no buscar más allá de la experiencia y el disfrute.
El día que me convertí en pájaro no da mucho como juego, y no le hace falta. Se agradece que venga incluido el corto animado hecho por Passion Pictures hace unos años, que ayuda a reforzar el origen del proyecto y que además sirve como contraste interesante entre lo que sentimos al jugarlo y lo que vemos de forma pasiva, sin interacción.
